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De regreso a Montevideo

De regreso a Montevideo

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Mi encuentro con ella (parte 2)

Mi encuentro con ella (parte 2)

 cronología  para lectura
 
Un dialogo con la muerte
 Mi encuentro con ella parte 1
 Mi encuentro con ella parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas. El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia. A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz. Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello. Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar.

Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil. A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa. De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino. En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido. Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito.

En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente. Nuestros pasos,  comenzaron a acallar sus absurdas prisas… Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándose de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos.

Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Trascendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido. Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte.

El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo. Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines. La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche. Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte

Mi encuentro con ella parte 1º

Mi encuentro con ella parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas. El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia. A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz. Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello.

Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar. Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil. A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa. De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino. En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido. Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito. En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente… Nuestros pasos, entonces, comenzaron a acallar sus absurdas prisas.

Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándome de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos. Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Transcendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido.

Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte. El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo. Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines. La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche.

Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

Mi encuentro con ella  (parte 1ª)

Mi encuentro con ella (parte 1ª)

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / mi encuentro con ella parte 1º y parte 2º

Al cabo de poco más de dos años de aquella tormenta durante la cual tuvo lugar nuestro primer encuentro, la vida quiso que nuestros caminos se volvieran a cruzar.

—¡Hola! ¿Te recuerdas de mí? 

—Sí, claro. 

—¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces? 

—¿Cómo no voy a reconocerte?  Eres la Muerte. 

—Pensé que no querrías ni mirarme.

—No entiendo por qué pensabas eso, Muerte, no tengo motivos para ello.

—Me sorprende tu actitud, Juan. Estoy tan habituada a que la mayoría de los seres humanos me teman y aborrezcan, y tanto más si algún día me presenté de forma inesperada en sus Vidas… 

—¡Me haces sonreír, Muerte! Parece que tú relación con los seres humanos está limitando tu comprensión y no te das cuenta de ello. Mira, Muerte, yo siempre he percibido tu presencia y, es más, en muchas ocasiones he alertado a mis hermanos para que no perdieran sus conciencias de la finitud inevitable de la realidad terrestre.

—Sinceramente, me extraña tu asombrosa comprensión, Juan, pero dime, ¿no formas también parte de la misma especie?

—¡Ay, Muerte! Creo que también has perdido parte de tu memoria y sano juicio. ¡Claro que formo parte de la misma especie! Eso es indudable, pero también, Muerte, hay algo de lo que soy plenamente consciente, y es de que mi existencia en este plano es una efímera ilusión, y que por necesidad de La Obra se vuelve aparentemente real. Tan real mi existencia, Muerte, como este maravilloso, frágil y perfecto cuerpo que me permite merodear por este presente y compartir esta dimensión junto a mis semejantes. Tan genuina también mi apariencia, Muerte, como la prodigiosa mente que me relaciona con esta existencia terrena, y tan asombrosamente evidente mi presencia, como el incansable corazón que late en mi pecho y que enriquece y amplía mi capacidad de sentir. Pero mi Esencia, Muerte, mi Esencia inmaculada permanece expectante, más allá de todo.

—¿Sabes, Juan? Algunas veces, cuando dialogo contigo, tengo una extraña sensación, como si te compadecieras de mí, y me recuerda nuestro primer encuentro.

—No, Muerte, yo no me compadezco de ti, no te confundas, simplemente percibo tu soledad y la incomprensión que gira en torno a ti. Y además, Muerte, aunque fuese cierto lo que tú dices y realmente me compadeciera de ti:

¿Por qué no podría hacerlo?

¿No estás ligada a esta Tierra al igual que yo?

¿Acaso no formamos parte de la misma Esencia?

Además, ¿quién soy yo para juzgarte?

—Me asombra que pienses de este modo, Juan, la mayoría de los seres humanos no piensa ni siente como tú.

—Comprendo perfectamente que no puedan hacerlo, Muerte

—¿Cuál es el secreto que te ha llevado a pensar de este modo?

—No existe tal secreto, Muerte, se trata simplemente de detenerse por un instante y observar, observar el Ciclo Eterno, que se repite constantemente; nada hay de misterioso en ello.

—Pero si es tan sencillo como tú dices, ¿por qué la gente no se detiene, aunque más no sea un momento, en su vida?

—¡Ay, Muerte! ¿Cómo eres tan ingenua?  ¿No te das cuenta de que es el temor el que no les permite detenerse?

—¿A que temor te refieres, Juan? ¿Al temor de perder lo que creen que son sus pertenencias? Si es esto lo que temen, realmente me dejas desconcertada.

—Muerte, tal vez para ti todo resulte más sencillo, porque tú nada necesitas para sentir que existes, pero no todos pueden sentir lo mismo que tú.

—El temor de “no ser” alguien o algo en esta vida es lo que lleva a los seres humanos a intentar acumular durante toda su existencia infinidad de cosas, tanto materiales como intangibles, pero cosas, Muerte, efímeras al fin por la simple condición de ser acumulables. Por lo general, Muerte, todo lo que atesoran se transforma con el tiempo en un pesado y tirano yugo que doblega cruelmente sus fatigadas espaldas y, si observas, verás que muchos de mis semejantes llevan impreso en sus rostros indelebles cicatrices de vetustas frustraciones.

—Juan, me gustaría hablar sobre tu hijo. Dime una cosa, ¿no sientes rabia porque haya venido a buscarlo tan pronto? ¿No sientes dolor? ¿No me odias como todos? ¿No piensas que he sido injusta?

—Muerte, te creía más sabia. Por momentos, cuanto más me preguntas, más me decepcionas, hasta me pareces humana. Mira, déjame decirte una cosa: yo no siento que tú me hayas quitado a “mi” hijo, el no era de mi propiedad, sino una hoja más del Gran Árbol que todos conformamos.

Es cierto que él había brotado de mí ser, eso no te lo discuto. También es verdad que había florecido en los poros de mi piel y que me llenaba de sentimientos buenos y de tibia ternura, pero también hay algo, Muerte, que debes saber y es que el aliento que lo hizo nacer y crecer y que a mí me sustenta, no es exclusivo de mi persona.

Por lo tanto, Muerte, no he sido yo su gestor ni su dueño, he sido simplemente el elemento mediante el cual la Vida se ha expresado.

Muerte, dime, ¿tú crees que puedo presumir de que algo realmente pueda ser de mi propiedad? ¿Existe alguna cosa o alguien que pueda hacerme sentir que yo soy su dueño?

¿No soy acaso, Muerte, una simple hoja de una pequeña rama del Gran Árbol, ¿y que un día cualquiera también caeré?

¿Y no será el vacío que provoque mi caída, el que permita que el Gran Árbol vuelva a florecer?

Y mi desintegración en la Tierra, ¿no será el elemento que posibilite mi regreso a la savia que alimenta al Gran Árbol?

Por lo tanto, Muerte, ¿no te parece absurdo que a causa de mi egoísmo intente detener las estaciones, calmar al viento y desviar al Sol de su camino? Y, además, Muerte, ¿quién soy yo para intentar detener este Ciclo Eterno en el cual existo?

Ahora soy yo el que desea preguntarte algo que he descubierto hurgando en el vacío de mi mente. ¿Qué crees que es el dolor para los seres humanos, Muerte? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Su dolor, Muerte, es simplemente la resistencia que ofrecen a la realidad, ¿puedes comprenderlo?

—¡Claro que puedo comprenderlo, Juan! Continuamente lo observo en sus rostros cuando vengo a recogerlos. ¿Sabes, Juan? Hubo ocasiones en las que he llegado a sentir pena por algunos de ellos al ver cómo sufrían al desprenderse de lo que creían que era suyo.

—Ya lo decía yo, Muerte. ¡Eres más humana de lo que pareces!

—Oye, ¿no te importa salir de este lugar, Juan? ¿Por qué no vamos a caminar un poco?

—¡Sí! Vamos, estaremos mejor.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

 

 

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / mi encuentro con ella parte 1º y parte 2º

Al cabo de poco más de dos años de aquella tormenta durante la cual tuvo lugar nuestro primer encuentro, la vida quiso que nuestros caminos se volvieran a cruzar.

—¡Hola! ¿Te recuerdas de mí? 

—Sí, claro. 

—¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces? 

—¿Cómo no voy a reconocerte?  Eres la Muerte. 

—Pensé que no querrías ni mirarme.

—No entiendo por qué pensabas eso, Muerte, no tengo motivos para ello.

—Me sorprende tu actitud, Juan. Estoy tan habituada a que la mayoría de los seres humanos me teman y aborrezcan, y tanto más si algún día me presenté de forma inesperada en sus Vidas… 

—¡Me haces sonreír, Muerte! Parece que tú relación con los seres humanos está limitando tu comprensión y no te das cuenta de ello. Mira, Muerte, yo siempre he percibido tu presencia y, es más, en muchas ocasiones he alertado a mis hermanos para que no perdieran sus conciencias de la finitud inevitable de la realidad terrestre.

—Sinceramente, me extraña tu asombrosa comprensión, Juan, pero dime, ¿no formas también parte de la misma especie?

—¡Ay, Muerte! Creo que también has perdido parte de tu memoria y sano juicio. ¡Claro que formo parte de la misma especie! Eso es indudable, pero también, Muerte, hay algo de lo que soy plenamente consciente, y es de que mi existencia en este plano es una efímera ilusión, y que por necesidad de La Obra se vuelve aparentemente real. Tan real mi existencia, Muerte, como este maravilloso, frágil y perfecto cuerpo que me permite merodear por este presente y compartir esta dimensión junto a mis semejantes. Tan genuina también mi apariencia, Muerte, como la prodigiosa mente que me relaciona con esta existencia terrena, y tan asombrosamente evidente mi presencia, como el incansable corazón que late en mi pecho y que enriquece y amplía mi capacidad de sentir. Pero mi Esencia, Muerte, mi Esencia inmaculada permanece expectante, más allá de todo.

—¿Sabes, Juan? Algunas veces, cuando dialogo contigo, tengo una extraña sensación, como si te compadecieras de mí, y me recuerda nuestro primer encuentro.

—No, Muerte, yo no me compadezco de ti, no te confundas, simplemente percibo tu soledad y la incomprensión que gira en torno a ti. Y además, Muerte, aunque fuese cierto lo que tú dices y realmente me compadeciera de ti:

¿Por qué no podría hacerlo?

¿No estás ligada a esta Tierra al igual que yo?

¿Acaso no formamos parte de la misma Esencia?

Además, ¿quién soy yo para juzgarte?

—Me asombra que pienses de este modo, Juan, la mayoría de los seres humanos no piensa ni siente como tú.

—Comprendo perfectamente que no puedan hacerlo, Muerte

—¿Cuál es el secreto que te ha llevado a pensar de este modo?

—No existe tal secreto, Muerte, se trata simplemente de detenerse por un instante y observar, observar el Ciclo Eterno, que se repite constantemente; nada hay de misterioso en ello.

—Pero si es tan sencillo como tú dices, ¿por qué la gente no se detiene, aunque más no sea un momento, en su vida?

—¡Ay, Muerte! ¿Cómo eres tan ingenua?  ¿No te das cuenta de que es el temor el que no les permite detenerse?

—¿A que temor te refieres, Juan? ¿Al temor de perder lo que creen que son sus pertenencias? Si es esto lo que temen, realmente me dejas desconcertada.

—Muerte, tal vez para ti todo resulte más sencillo, porque tú nada necesitas para sentir que existes, pero no todos pueden sentir lo mismo que tú.

—El temor de “no ser” alguien o algo en esta vida es lo que lleva a los seres humanos a intentar acumular durante toda su existencia infinidad de cosas, tanto materiales como intangibles, pero cosas, Muerte, efímeras al fin por la simple condición de ser acumulables. Por lo general, Muerte, todo lo que atesoran se transforma con el tiempo en un pesado y tirano yugo que doblega cruelmente sus fatigadas espaldas y, si observas, verás que muchos de mis semejantes llevan impreso en sus rostros indelebles cicatrices de vetustas frustraciones.

—Juan, me gustaría hablar sobre tu hijo. Dime una cosa, ¿no sientes rabia porque haya venido a buscarlo tan pronto? ¿No sientes dolor? ¿No me odias como todos? ¿No piensas que he sido injusta?

—Muerte, te creía más sabia. Por momentos, cuanto más me preguntas, más me decepcionas, hasta me pareces humana. Mira, déjame decirte una cosa: yo no siento que tú me hayas quitado a “mi” hijo, el no era de mi propiedad, sino una hoja más del Gran Árbol que todos conformamos.

Es cierto que él había brotado de mí ser, eso no te lo discuto. También es verdad que había florecido en los poros de mi piel y que me llenaba de sentimientos buenos y de tibia ternura, pero también hay algo, Muerte, que debes saber y es que el aliento que lo hizo nacer y crecer y que a mí me sustenta, no es exclusivo de mi persona.

Por lo tanto, Muerte, no he sido yo su gestor ni su dueño, he sido simplemente el elemento mediante el cual la Vida se ha expresado.

Muerte, dime, ¿tú crees que puedo presumir de que algo realmente pueda ser de mi propiedad? ¿Existe alguna cosa o alguien que pueda hacerme sentir que yo soy su dueño?

¿No soy acaso, Muerte, una simple hoja de una pequeña rama del Gran Árbol, ¿y que un día cualquiera también caeré?

¿Y no será el vacío que provoque mi caída, el que permita que el Gran Árbol vuelva a florecer?

Y mi desintegración en la Tierra, ¿no será el elemento que posibilite mi regreso a la savia que alimenta al Gran Árbol?

Por lo tanto, Muerte, ¿no te parece absurdo que a causa de mi egoísmo intente detener las estaciones, calmar al viento y desviar al Sol de su camino? Y, además, Muerte, ¿quién soy yo para intentar detener este Ciclo Eterno en el cual existo?

Ahora soy yo el que desea preguntarte algo que he descubierto hurgando en el vacío de mi mente. ¿Qué crees que es el dolor para los seres humanos, Muerte? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Su dolor, Muerte, es simplemente la resistencia que ofrecen a la realidad, ¿puedes comprenderlo?

—¡Claro que puedo comprenderlo, Juan! Continuamente lo observo en sus rostros cuando vengo a recogerlos. ¿Sabes, Juan? Hubo ocasiones en las que he llegado a sentir pena por algunos de ellos al ver cómo sufrían al desprenderse de lo que creían que era suyo.

—Ya lo decía yo, Muerte. ¡Eres más humana de lo que pareces!

—Oye, ¿no te importa salir de este lugar, Juan? ¿Por qué no vamos a caminar un poco?

—¡Sí! Vamos, estaremos mejor.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

 

 

Un diálogo con la muerte

Un diálogo con la muerte

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / Mi encuentro con ella parte 1º/  parte  2º

¡De qué forma tan inconsciente vivimos nuestra vida y qué pequeños e impotentes nos sentimos cuando la muerte nos deja oír su voz fría en nuestro derredor!
Precisamente hoy, sumergido en este inmenso mar que es mi Yo Profundo, me debato entre mis continuos descubrimientos intentando no defraudar a mi alma que, huérfana y solitaria, sobrevive prisionera en esta celda de huesos frágiles y forma de hombre. 

A lo largo de mi existencia, y por diferentes motivos, me he topado con la muerte en diversas ocasiones. ¡Sí!, y han sido numerosas las veces en que la he visto ataviada con diferentes ropajes, rondando por los pasillos de mi vida.
La descubrí una infantil tarde de otoño, guarecida detrás de un repentino y traicionero infarto que se interpuso en el camino de mi abuelo cuando regresaba de pescar.

Tiempo después, al atravesar mi adolescencia, volví a descubrirla, agazapada detrás de una embolia cruel e inesperada, cuando se apoderó de la vida de mi abuela, a quien yo tanto quería. Posteriormente una noche, volví a reconocerla cuando de forma intrusa viajaba en aquel coche enceguecido, que me embistió violentamente y en el cual viajaban tres muchachas.

Sentí su fría mano sobre mi hombro aquella tarde veraniega en la que cansado y desconcertado por algunas cosas de este mundo, me senté en aquel muelle pensando en que tal vez, si me dejaba caer a las pestilentes aguas que rondaban bajo mis pies, aliviaría para siempre mi dolor.

¿Sabes, querido amigo? En estos días pasados de tantas lluvias y tormentas, una mañana me senté en un banco del paseo para contemplar el gran mar. Después de permanecer un buen rato recreando mis inconstantes pensamientos en las nubes y en la grisácea masa de agua que se agitaba ante mí, intenté adentrarme en el nebuloso horizonte que se presentaba ante mis ojos. Comencé a reflexionar profundamente en el porqué de mi existencia procurando descubrir cuál era el verdadero motivo que me aferraba a esta misteriosa vida. Al cabo de un tiempo, durante el cual las nubes comenzaron a huir despavoridas del fuerte viento que las perseguía, un sinfín de espacios vacíos se apoderó de mi mente y acalló mis desconcertados pensamientos. Entonces empecé a sentirme vacío, completamente vacío y solo, casi sin percibir mi cuerpo, como si estuviera fuera del tiempo. Tan solo mi soledad y mi aliento denotaban mi existencia que, abstraída en el infinito, se desnudaba frente aquel impresionante Dios vestido de grises y blancos. Estaba solo, solo y vacío… pero conmigo mismo.

No sé si fue por la tenue llovizna o por la sigilosa soledad que empapaba mi ser, pero mis ojos comenzaron a perder la visión envueltos en una fría humedad. De pronto tuve la sensación de que mis manos sujetaban algo. ¡Sí!, una llave diminuta y delgada que por arte de no sé qué encanto reposaba entre mis enjutos dedos. Una llave, de apariencia insignificante, pero que podía abrir cualquiera de las dos puertas que se presentaban ante mí: la puerta que custodiaba a la vida y la puerta detrás de la cual habitaba la muerte.

Lo realmente curioso era que mis manos siempre habían guardado esa llave y, sin embargo yo, no me había percatado de ello hasta ese preciso momento.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde aquel descubrimiento, tan solo sé que el frío que me paralizaba me sacudió de una forma un tanto temblorosa.

Lentamente, como regresando de un lejano viaje, volví a tomar conciencia de mi presencia frente aquel trascendente paisaje. Entonces descubrí que era yo, yo y nadie más que yo, el que podía escoger cuál de las dos puertas quería abrir.
Nadie me obligaba a nada, era mi propia voluntad la que generaba mis propias responsabilidades. Al darme cuenta de ello, me inundó una sensación de profunda calma y comencé a sentirme libre, completamente libre al comprobar que estaba en mis manos aceptar o rechazar mi existencia en esta Tierra. Entonces, enormemente aliviado alcé mis ojos hacia el vuelo de dos gaviotas que alegres y descaradas, chillaban entre sí.

Cuando estas desaparecieron entre las nubes, volví a contemplar el rugiente Mar. Su fuerza invencible y su pureza etérea penetraron en mi interior. Parecía como si sus rugidos ahuyentasen los titubeos que aún pululaban por los rincones de mi mente.
La Eternidad de aquel instante sacudía mi corazón y lo elevaba hacia la puerta que custodiaba la sagrada Vida. Embargado por la emoción, tan solo atiné a pronunciar la mágica palabra que todo lo puede: “Gracias…”.

De esta forma, volví a adentrarme en mi existencia terrena.

En mis cuarenta y dos años, era la primera vez que tomaba conciencia nítida de lo que significaba vivir. Lo hecho, echo estaba, el pasado ya no me importaba. Lo único importante era cada minuto que esta existencia me estaba regalando. El hoy era lo que en ese preciso momento estaba viviendo. Todo lo demás eran simples ilusiones.

En ese mismo instante en el que la paz comenzaba a anidar en mi ser, una vigorosa ráfaga de viento sacudió el follaje de una palmera. Su fuerte y agudo silbido comenzó a irritar a mis oídos, al mismo tiempo que pequeñas gotas de agua salpicaban mis mejillas. Eran los restos de una gran ola que había perecido en la orilla.

Su blanco espíritu se elevaba desde la espuma con fuerza sobre las aguas, se esparcía por el espacio y volvía a caer. Regresaba otra vez a la gran masa para volver a comenzar, para volver a vivir.
Conmovido, mi espíritu alertaba a mi conciencia y me decía:

¡Mira, Juan! ¿Ves? ¡Así es la vida! 

Nacer… Vivir… Morir…

Llorar… Sufrir… Resignarse… 

Aceptar… Comprender… Sonreír… 

Amar… Perdonar… Desapegarse…

De pronto, en medio del estruendo de las olas que destrozaban sus robustos cuerpos en la arena, me pareció distinguir una voz gimiente y lejana que pretendía decirme no se qué. Entrecerré los ojos intentando descifrar aquellas palabras que de forma tan distante llegaban a mis oídos, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que era la voz de ¡la propia Muerte! dirigiéndose a mí.

—¡Juan…! ¡Juan…! ¿Qué has hecho? ¡Has descubierto mi secreto! ¡Has descubierto mi secreto! Aquel que durante tanto tiempo he guardado en el interior de los seres humanos. Has roto la vasija del Temor, la que aprisiona sus espíritus y los enceguece. ¡Mírame bien! ¿Ves quién soy?

Soy la Muerte, la otra cara de tú existencia, sin la cual tu vida no tendría valor.

En un instintivo gesto como para protegerme no sé de qué, escondí las manos en mis bolsillos y cerré los ojos. Nuevamente sus doloridas palabras comenzaron a resonar en mis oídos.

—Hoy he perdido mi Poder ante ti y lo he perdido totalmente, porque tu actitud ha sido valiente. He perdido mi Poder ante ti, porque has renunciado a tus apegos, los que has acarreado desde que has nacido pensando que ellos representaban y justificaban tu existencia. Ahora me encuentro desconcertada y sin fuerzas, porque al no tener qué quitarte, ya no me temes.

Conmovido por su infantil confesión y su clamoroso dolor, atiné a esbozar una pálida sonrisa para suavizar su padecer. Aquella incomprendida dama de frías manos e inesperada presencia, esa a la que los hombres pintaban y miraban con horror, se debatía en su propia cárcel de soledad y desazón.

Entonces, en un impensado gesto de bondad y de justicia, exclamé:

—Muerte, ¡escúchame! Yo no soy sabio ni mucho menos valiente. Soy tan frágil como cualquiera de los seres que adormeces a diario en tus brazos.
Soy tan solo un insignificante ser humano que se ha detenido a observar.
Un vagabundo que deambula por este mundo en pos de su destino, un alma que ha descubierto que:

Las hojas verdes, fuertes y pletóricas de vida, se rinden al paso del tiempo y se marchitan; y que el viento, ese caballero invisible y poderoso, se presenta al igual que tú Muerte sin avisar, y es capaz de entrar por cualquiera de las ventanas de mi casa.

Que mis ojos, ¡sí!, los mismos que brillan ante el amor, son también los que relucen brillando cuando las lágrimas los enjuagan; que nada se detiene y que mientras mis cabellos largos y ancianos mueren cada día, otros, diminutos e inocentes, van creciendo tras ellos.

Que la cara oculta de mi sonrisa es mi tristeza y que la Luna resplandece por el Sol.

Que mi plegaria esconde mi impotencia y que mi pequeñez reconocida demuestra mi grandeza.

Que cuando te digo “hasta mañana” soy totalmente inconsciente del momento que estoy viviendo; y que muchas veces dejo de vivir el presente por recrearme en el pasado.

Que el tiempo no existe y que lo que muchas veces las personas llaman futuro, es el vacío de sus presentes; y que cada ilusión en la que me embarco, si no lleva implícito el consentimiento de mi alma, hipoteca absurdamente mi vida.

Que cada abrazo es una despedida para siempre, porque cada momento es único y nunca regresa; que cada amanecer en el que abro mis ojos estoy recibiendo un regalo y que cada noche cuando los cierro, devuelvo mi existencia al infinito.

Y que la Eternidad está presente en cada beso, cuando este se da desde el corazón.

Epílogo

La vida, tal como la vivimos, parece ser solo una reacción que experimentamos a nivel mental, emocional y físico cuando nos enfrentamos a diferentes estímulos.
De esta forma, nuestra existencia se ha transformado en una simple búsqueda y selección de estímulos para lograr sentir determinadas reacciones, sin tomar en cuenta lo que sucede en lo profundo de nuestro ser, más allá de nuestra conciencia habitual, y que permanece aislado de nuestro conocimiento. Hemos perdido la facultad de vivir conscientemente.

¿Qué sucede cuando una persona logra, aunque más no sea por unos momentos, situarse más allá de sus propias reacciones y consigue observarlas sin condenarlas ni justificarlas?

¿Qué ocurre cuando observamos desde fuera de nuestra conciencia habitual las diferentes respuestas mecánicas de nuestro diario funcionar?

En esos momentos uno se da cuenta de que eso que por costumbre llamamos “vida” no tiene que ver en absoluto con lo que en realidad la vida es en sí.

Uno percibe la atemporalidad de la existencia humana y la efímera ilusión de la forma.

Uno percibe una especie de Nada Absoluta en la cual toda la Creación gira en armonía y silencio y se da cuenta de que la vida de los seres en este plano es semejante a una gigantesca pantalla de cine en la cual se proyectan diferentes películas, y que la importancia de estas vivencias es indiferente frente a la inmensidad del proceso de la creación.

Uno descubre que todo lo que le ha sucedido a una persona para llegar a ese estado de percepción ha sido importante y necesario; pero también uno se da cuenta de que todo esfuerzo que realice un ser humano para llegar a ese estado de conciencia es totalmente inútil.

Cuando uno comienza a descubrir el proceso de la existencia en sí mismo, empieza a sentirse inmensamente extraño en medio de su entorno. Descubre entonces que todo por lo que ha luchado hasta el presente cambia repentinamente su valor y por lógica, su importancia.

Uno se da cuenta de que infinidad de cosas que parecían insignificantes se convierten en relevantes y de enorme importancia.

Uno descubre que aquella ciega dependencia humana de posesión que lo unía a la persona amada desaparece y en su lugar surge un sentimiento trascendente y diferente.

Uno siente que sus cosas se tambalean, que todo se mueve y se transforma muy de prisa, y entonces surge la necesidad de una absoluta soledad y de momentos de profundo silencio, pues ellos son un reclamo imprescindible del ser para la supervivencia de su conciencia.

Uno percibe que al dejar de perseguir… alcanza. Y que el alcanzar no significa lograr.

Uno descubre que basta simplemente observar para poder ver. Y que el ver no significa mirar.
Uno se da cuenta que basta con aceptar la fugaz realidad corpórea para poder disfrutar del presente en su plenitud y de esta forma descubrir la eternidad.

Uno percibe como “Dios” (ese sentimiento trascendente de amor) se manifiesta a través del silencio del corazón, muy lejos de las palabras, de las emociones y de los conceptos que lo intentan atrapar y definir.

Uno descubre que el verdadero lenguaje con el cual las Almas pueden comunicarse es el amor. El verdadero amor, que nada posee, porque nada desea. Uno se da cuenta de que solo lo que se realiza en él, es auténtico y trascendente, y lo demás, todo lo demás, es pasajero.

Dios, la Vida, lo Eterno, o como quiéranos llamarlo, desde nuestra actual perspectiva resulta incomprensible para nuestra mente. Tan solo en algunos momentos podemos llegar a percibir un ligero atisbo de lo eterno, cuando nos elevamos por encima de nuestras personalidades y egoísmos. Y solo podemos elevarnos cuando nos damos cuenta de que nuestra vida aquí es tan minúscula e importante como la de cualquier insecto que muere a diario bajo nuestras pisadas. Al darnos cuenta de ello, al tomar conciencia de nuestra insignificancia, nuestra mente puede vislumbrar el eco de lo Eterno, de lo inefable, de lo que no tiene principio ni fin… y que muchos llaman Dios.

La vida es mucho más sencilla de lo que la interpretamos; nada hay de misterioso en ella. La Eternidad habita en la profundidad de los ojos de nuestros semejantes y desde allí nos sonríe continuamente en todo su esplendor.                                                                          

@Juan Vladimir 1995

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cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / Mi encuentro con ella parte 1º/  parte  2º

¡De qué forma tan inconsciente vivimos nuestra vida y qué pequeños e impotentes nos sentimos cuando la muerte nos deja oír su voz fría en nuestro derredor! Precisamente hoy, sumergido en este inmenso mar que es mi Yo Profundo, me debato entre mis continuos descubrimientos intentando no defraudar a mi alma que, huérfana y solitaria, sobrevive prisionera en esta celda de huesos frágiles y forma de hombre. 

A lo largo de mi existencia, y por diferentes motivos, me he topado con la muerte en diversas ocasiones. ¡Sí!, y han sido numerosas las veces en que la he visto ataviada con diferentes ropajes, rondando por los pasillos de mi vida.
La descubrí una infantil tarde de otoño, guarecida detrás de un repentino y traicionero infarto que se interpuso en el camino de mi abuelo cuando regresaba de pescar. 
Tiempo después, al atravesar mi adolescencia, volví a descubrirla, agazapada detrás de una embolia cruel e inesperada, cuando se apoderó de la vida de mi abuela, a quien yo tanto quería. Posteriormente una noche, volví a reconocerla cuando de forma intrusa viajaba en aquel coche enceguecido, que me embistió violentamente y en el cual viajaban tres muchachas. Sentí su fría mano sobre mi hombro aquella tarde veraniega en la que cansado y desconcertado por algunas cosas de este mundo, me senté en aquel muelle pensando en que tal vez, si me dejaba caer a las pestilentes aguas que rondaban bajo mis pies, aliviaría para siempre mi dolor.

¿Sabes, querido amigo? En estos días pasados de tantas lluvias y tormentas, una mañana me senté en un banco del paseo para contemplar el gran mar. Después de permanecer un buen rato recreando mis inconstantes pensamientos en las nubes y en la grisácea masa de agua que se agitaba ante mí, intenté adentrarme en el nebuloso horizonte que se presentaba ante mis ojos. Comencé a reflexionar profundamente en el porqué de mi existencia procurando descubrir cuál era el verdadero motivo que me aferraba a esta misteriosa vida. Al cabo de un tiempo, durante el cual las nubes comenzaron a huir despavoridas del fuerte viento que las perseguía, un sinfín de espacios vacíos se apoderó de mi mente y acalló mis desconcertados pensamientos. Entonces empecé a sentirme vacío, completamente vacío y solo, casi sin percibir mi cuerpo, como si estuviera fuera del tiempo. Tan solo mi soledad y mi aliento denotaban mi existencia que, abstraída en el infinito, se desnudaba frente aquel impresionante Dios vestido de grises y blancos. Estaba solo, solo y vacío… pero conmigo mismo. No sé si fue por la tenue llovizna o por la sigilosa soledad que empapaba mi ser, pero mis ojos comenzaron a perder la visión envueltos en una fría humedad. De pronto tuve la sensación de que mis manos sujetaban algo. ¡Sí!, una llave diminuta y delgada que por arte de no sé qué encanto reposaba entre mis enjutos dedos. Una llave, de apariencia insignificante, pero que podía abrir cualquiera de las dos puertas que se presentaban ante mí: la puerta que custodiaba a la vida y la puerta detrás de la cual habitaba la muerte. Lo realmente curioso era que mis manos siempre habían guardado esa llave y, sin embargo yo, no me había percatado de ello hasta ese preciso momento.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde aquel descubrimiento, tan solo sé que el frío que me paralizaba me sacudió de una forma un tanto temblorosa. Lentamente, como regresando de un lejano viaje, volví a tomar conciencia de mi presencia frente aquel trascendente paisaje. Entonces descubrí que era yo, yo y nadie más que yo, el que podía escoger cuál de las dos puertas quería abrir. Nadie me obligaba a nada, era mi propia voluntad la que generaba mis propias responsabilidades. Al darme cuenta de ello, me inundó una sensación de profunda calma y comencé a sentirme libre, completamente libre al comprobar que estaba en mis manos aceptar o rechazar mi existencia en esta Tierra. Entonces, enormemente aliviado alcé mis ojos hacia el vuelo de dos gaviotas que alegres y descaradas, chillaban entre sí. Cuando estas desaparecieron entre las nubes, volví a contemplar el rugiente Mar. Su fuerza invencible y su pureza etérea penetraron en mi interior. Parecía como si sus rugidos ahuyentasen los titubeos que aún pululaban por los rincones de mi mente.
La Eternidad de aquel instante sacudía mi corazón y lo elevaba hacia la puerta que custodiaba la sagrada Vida. Embargado por la emoción, tan solo atiné a pronunciar la mágica palabra que todo lo puede: “Gracias.”

De esta forma, volví a adentrarme en mi existencia terrena.

En mis cuarenta y dos años, era la primera vez que tomaba conciencia nítida de lo que significaba vivir. Lo hecho, echo estaba, el pasado ya no me importaba. Lo único importante era cada minuto que esta existencia me estaba regalando. El hoy era lo que en ese preciso momento estaba viviendo. Todo lo demás eran simples ilusiones. En ese mismo instante en el que la paz comenzaba a anidar en mi ser, una vigorosa ráfaga de viento sacudió el follaje de una palmera. Su fuerte y agudo silbido comenzó a irritar a mis oídos, al mismo tiempo que pequeñas gotas de agua salpicaban mis mejillas. Eran los restos de una gran ola que había perecido en la orilla. Su blanco espíritu se elevaba desde la espuma con fuerza sobre las aguas, se esparcía por el espacio y volvía a caer. Regresaba otra vez a la gran masa para volver a comenzar, para volver a vivir.
Conmovido, mi espíritu alertaba a mi conciencia y me decía:

¡Mira, Juan! ¿Ves? ¡Así es la vida! 

Nacer… Vivir… Morir…

Llorar… Sufrir… Resignarse… 

Aceptar… Comprender… Sonreír… 

Amar… Perdonar… Desapegarse…

De pronto, en medio del estruendo de las olas que destrozaban sus robustos cuerpos en la arena, me pareció distinguir una voz gimiente y lejana que pretendía decirme no se qué. Entrecerré los ojos intentando descifrar aquellas palabras que de forma tan distante llegaban a mis oídos, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que era la voz de ¡la propia Muerte! dirigiéndose a mí.

—¡Juan…! ¡Juan…! ¿Qué has hecho? ¡Has descubierto mi secreto! ¡Has descubierto mi secreto! Aquel que durante tanto tiempo he guardado en el interior de los seres humanos. Has roto la vasija del Temor, la que aprisiona sus espíritus y los enceguece. ¡Mírame bien! ¿Ves quién soy?

Soy la Muerte, la otra cara de tú existencia, sin la cual tu vida no tendría valor.

En un instintivo gesto como para protegerme no sé de qué, escondí las manos en mis bolsillos y cerré los ojos. Nuevamente sus doloridas palabras comenzaron a resonar en mis oídos.

—Hoy he perdido mi Poder ante ti y lo he perdido totalmente, porque tu actitud ha sido valiente. He perdido mi Poder ante ti, porque has renunciado a tus apegos, los que has acarreado desde que has nacido pensando que ellos representaban y justificaban tu existencia. Ahora me encuentro desconcertada y sin fuerzas, porque al no tener qué quitarte, ya no me temes.

Conmovido por su infantil confesión y su clamoroso dolor, atiné a esbozar una pálida sonrisa para suavizar su padecer. Aquella incomprendida dama de frías manos e inesperada presencia, esa a la que los hombres pintaban y miraban con horror, se debatía en su propia cárcel de soledad y desazón. Entonces, en un impensado gesto de bondad y de justicia, exclamé:

—Muerte, ¡escúchame! Yo no soy sabio ni mucho menos valiente. Soy tan frágil como cualquiera de los seres que adormeces a diario en tus brazos.
Soy tan solo un insignificante ser humano que se ha detenido a observar.
Un vagabundo que deambula por este mundo en pos de su destino, un alma que ha descubierto que:

Las hojas verdes, fuertes y pletóricas de vida, se rinden al paso del tiempo y se marchitan; y que el viento, ese caballero invisible y poderoso, se presenta al igual que tú Muerte sin avisar, y es capaz de entrar por cualquiera de las ventanas de mi casa.

Que mis ojos, ¡sí!, los mismos que brillan ante el amor, son también los que relucen brillando cuando las lágrimas los enjuagan; que nada se detiene y que mientras mis cabellos largos y ancianos mueren cada día, otros, diminutos e inocentes, van creciendo tras ellos.

Que la cara oculta de mi sonrisa es mi tristeza y que la Luna resplandece por el Sol.

Que mi plegaria esconde mi impotencia y que mi pequeñez reconocida demuestra mi grandeza.

Que cuando te digo “hasta mañana” soy totalmente inconsciente del momento que estoy viviendo; y que muchas veces dejo de vivir el presente por recrearme en el pasado.

Que el tiempo no existe y que lo que muchas veces las personas llaman futuro, es el vacío de sus presentes; y que cada ilusión en la que me embarco, si no lleva implícito el consentimiento de mi alma, hipoteca absurdamente mi vida.

Que cada abrazo es una despedida para siempre, porque cada momento es único y nunca regresa; que cada amanecer en el que abro mis ojos estoy recibiendo un regalo y que cada noche cuando los cierro, devuelvo mi existencia al infinito.

Y que la Eternidad está presente en cada beso, cuando este se da desde el corazón.

Epílogo

La vida, tal como la vivimos, parece ser solo una reacción que experimentamos a nivel mental, emocional y físico cuando nos enfrentamos a diferentes estímulos.
De esta forma, nuestra existencia se ha transformado en una simple búsqueda y selección de estímulos para lograr sentir determinadas reacciones, sin tomar en cuenta lo que sucede en lo profundo de nuestro ser, más allá de nuestra conciencia habitual, y que permanece aislado de nuestro conocimiento. Hemos perdido la facultad de vivir conscientemente.

¿Qué sucede cuando una persona logra, aunque más no sea por unos momentos, situarse más allá de sus propias reacciones y consigue observarlas sin condenarlas ni justificarlas?

¿Qué ocurre cuando observamos desde fuera de nuestra conciencia habitual las diferentes respuestas mecánicas de nuestro diario funcionar?

En esos momentos uno se da cuenta de que eso que por costumbre llamamos “vida” no tiene que ver en absoluto con lo que en realidad la vida es en sí.

Uno percibe la atemporalidad de la existencia humana y la efímera ilusión de la forma.

Uno percibe una especie de Nada Absoluta en la cual toda la Creación gira en armonía y silencio y se da cuenta de que la vida de los seres en este plano es semejante a una gigantesca pantalla de cine en la cual se proyectan diferentes películas, y que la importancia de estas vivencias es indiferente frente a la inmensidad del proceso de la creación.

Uno descubre que todo lo que le ha sucedido a una persona para llegar a ese estado de percepción ha sido importante y necesario; pero también uno se da cuenta de que todo esfuerzo que realice un ser humano para llegar a ese estado de conciencia es totalmente inútil.

Cuando uno comienza a descubrir el proceso de la existencia en sí mismo, empieza a sentirse inmensamente extraño en medio de su entorno. Descubre entonces que todo por lo que ha luchado hasta el presente cambia repentinamente su valor y por lógica, su importancia.

Uno se da cuenta de que infinidad de cosas que parecían insignificantes se convierten en relevantes y de enorme importancia.

Uno descubre que aquella ciega dependencia humana de posesión que lo unía a la persona amada desaparece y en su lugar surge un sentimiento trascendente y diferente.

Uno siente que sus cosas se tambalean, que todo se mueve y se transforma muy de prisa, y entonces surge la necesidad de una absoluta soledad y de momentos de profundo silencio, pues ellos son un reclamo imprescindible del ser para la supervivencia de su conciencia.

Uno percibe que al dejar de perseguir… alcanza. Y que el alcanzar no significa lograr.

Uno descubre que basta simplemente observar para poder ver. Y que el ver no significa mirar.
Uno se da cuenta que basta con aceptar la fugaz realidad corpórea para poder disfrutar del presente en su plenitud y de esta forma descubrir la eternidad.

Uno percibe como “Dios” (ese sentimiento trascendente de amor) se manifiesta a través del silencio del corazón, muy lejos de las palabras, de las emociones y de los conceptos que lo intentan atrapar y definir.

Uno descubre que el verdadero lenguaje con el cual las Almas pueden comunicarse es el amor. El verdadero amor, que nada posee, porque nada desea. Uno se da cuenta de que solo lo que se realiza en él, es auténtico y trascendente, y lo demás, todo lo demás, es pasajero.

Dios, la Vida, lo Eterno, o como quiéranos llamarlo, desde nuestra actual perspectiva resulta incomprensible para nuestra mente. Tan solo en algunos momentos podemos llegar a percibir un ligero atisbo de lo eterno, cuando nos elevamos por encima de nuestras personalidades y egoísmos. Y solo podemos elevarnos cuando nos damos cuenta de que nuestra vida aquí es tan minúscula e importante como la de cualquier insecto que muere a diario bajo nuestras pisadas. Al darnos cuenta de ello, al tomar conciencia de nuestra insignificancia, nuestra mente puede vislumbrar el eco de lo Eterno, de lo inefable, de lo que no tiene principio ni fin… y que muchos llaman Dios.

La vida es mucho más sencilla de lo que la interpretamos; nada hay de misterioso en ella. La Eternidad habita en la profundidad de los ojos de nuestros semejantes y desde allí nos sonríe continuamente en todo su esplendor.                                                                                                                           @Juan Vladimir 1995

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