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Un árbol sin tiempo

Un árbol sin tiempo

En mi interior percibo la simiente de un árbol solitario al que han llamado Juan.

Un árbol que ama la tierra que lo sustenta y que eleva sus brazos hacia el infinito.

Un árbol que nada espera, porque ha descubierto su ciclo.

Un árbol que es testigo del fluir Eterno.

Numerosos fueron los años en que la simiente crecía en mi interior y yo no me daba cuenta.                                                                                             Hoy, cuando tantas cosas han anegado mi vida, comienzo a sentir la presencia incombustible de la Vida en mí.

El pasado se ha diluido, el futuro se ha desdibujado, tan solo este presente sin tiempo invade mi Alma.

¿Qué es todo lo que me rodea si no meras imágenes animadas que un día desaparecerán?

Hoy he descubierto que:

Todo intento de hacer es ilusorio.

Que toda necesidad de cobijar es aún una sed egoísta.

Y que todo sufrimiento es innecesario.

Hay preguntas de las que los seres humanos jamás descubriremos sus respuestas, porque estas se hallan fuera del tiempo.

Existir…  Crecer…  Transformarse…  Desapegarse…   Existir…

Dime Dios (Vida), ¿por qué no te ven?

@Juan Vladimir

Julio 1997

 

 

 

En mi interior percibo la simiente de un árbol solitario al que han llamado Juan.

Un árbol que ama la tierra que lo sustenta y que eleva sus brazos hacia el infinito.

Un árbol que nada espera, porque ha descubierto su ciclo.

Un árbol que es testigo del fluir Eterno.

Numerosos fueron los años en que la simiente crecía en mi interior y yo no me daba cuenta.                                                                                             Hoy, cuando tantas cosas han anegado mi vida, comienzo a sentir la presencia incombustible de la Vida en mí.

El pasado se ha diluido, el futuro se ha desdibujado, tan solo este presente sin tiempo invade mi Alma.

¿Qué es todo lo que me rodea si no meras imágenes animadas que un día desaparecerán?

Hoy he descubierto que:

Todo intento de hacer es ilusorio.

Que toda necesidad de cobijar es aún una sed egoísta.

Y que todo sufrimiento es innecesario.

Hay preguntas de las que los seres humanos jamás descubriremos sus respuestas, porque estas se hallan fuera del tiempo.

Existir…  Crecer…  Transformarse…  Desapegarse…   Existir…

Dime Dios (Vida), ¿por qué no te ven?

@Juan Vladimir

Julio 1997

 

 

 

Alma navegante

Alma navegante

En medio de este vasto océano llamado Vida, mi Alma navega a bordo de un pequeño velero de líneas azules y velas blanquecinas.

El mar se extiende inmenso ante mi silenciosa presencia; el misterio y la quietud de lo inconmensurable se definen ante mis ojos en cada nuevo amanecer. Mientras tanto, mi barco navega, navega sin rumbo definido, solamente navega…

Numerosos fueron los años en que mi mente, presa del desencanto y del temor, escudriñaba con vehemencia las enormes cartas de navegación, en su afán de hallar un resguardo apacible donde poder fondear.

Puerto Soledad, Marina Futuro, laguna de Paz, bahía Esperanza, golfo del Retiro, ensenada Seguridad y tantos otros fondeaderos donde mi infantil condición humana, presa del temor, intentaba recalar en busca de sosiego y seguridad.

Sin embargo, y pese a los malos y buenos vientos que la existencia me ha deparado en mis pasadas singladuras, continúo navegando, pero esta vez sin buscar un lugar donde reposar.

La Vida, en mi inmensa soledad, me ha enseñado que el fin de la existencia no es llegar a un puerto, sino, simplemente, navegar.

@Juan Vladimir

Abril 1997

En medio de este vasto océano llamado Vida, mi Alma navega a bordo de un pequeño velero de líneas azules y velas blanquecinas.

El mar se extiende inmenso ante mi silenciosa presencia; el misterio y la quietud de lo inconmensurable se definen ante mis ojos en cada nuevo amanecer. Mientras tanto, mi barco navega, navega sin rumbo definido, solamente navega…

Numerosos fueron los años en que mi mente, presa del desencanto y del temor, escudriñaba con vehemencia las enormes cartas de navegación, en su afán de hallar un resguardo apacible donde poder fondear.

Puerto Soledad, Marina Futuro, laguna de Paz, bahía Esperanza, golfo del Retiro, ensenada Seguridad y tantos otros fondeaderos donde mi infantil condición humana, presa del temor, intentaba recalar en busca de sosiego y seguridad.

Sin embargo, y pese a los malos y buenos vientos que la existencia me ha deparado en mis pasadas singladuras, continúo navegando, pero esta vez sin buscar un lugar donde reposar.

La Vida, en mi inmensa soledad, me ha enseñado que el fin de la existencia no es llegar a un puerto, sino, simplemente, navegar.

@Juan Vladimir

Abril 1997

El despertar

El despertar

Esta mañana, en un afortunado descuido, se me cayeron las oscuras gafas que durante tanto tiempo cubrieron mis ojos… y, ¡de pronto!, me encontré contemplándome frente al espejo, milagrosamente vivo todavía.

El verme reflejado me asombró mucho, pues tenía una idea de mí completamente diferente a como me veía en realidad en este momento. Cuanto más me observaba, más me sorprendía, y sobre todo delante del cúmulo de sentimientos y sensaciones nuevas que brotaban en mí.

Durante numerosos años mis ojos contemplaron la vida guarecidos detrás de esos gruesos cristales. No recuerdo qué temores o circunstancias influyeron para que me decidiera a valerme de ellos, pero usarlos provocó que me confinara en lo más profundo de mi ser y me aislara de la vida que giraba a mi alrededor.

Esto causó que me volcara de lleno en algunas parcelas de mi existencia y dejara de lado otros aspectos de mi ser que hasta hoy y, a pesar del tiempo transcurrido, aún viven y sienten.

No fue mi culpa y tampoco existen culpables. Tal vez debí pasar por todo ello para descubrirme inmerso en este presente.

La vida, una vez más, se manifestaba a su antojo.

Yo conocía a fondo mis posibilidades frente a los retos del diario vivir y predecía, o al menos eso creía, con asombrosa exactitud cuál sería mi respuesta frente a determinados retos que la vida pudiese plantearme.

Pero en la actualidad, habiendo atravesado ya el ecuador de mis días, me encontraba en un punto en el que las cosas de siempre cambiaban rápidamente de forma y de valor.

Y hoy, al detenerme y contemplarme delante de aquel poderoso cristal, percibí sin dificultad las huellas de un tiempo pasado que aún sobrevivían en los rincones de mi Alma.

Descubrí que mis ideales, repletos de nobles intenciones, habían sido hasta ahora el motor de mi vida, pero que también me habían adormecido sin que yo me percatase. Y mientras todo ello sucedía, la soledad iba adentrándose en mi interior, alejándome de mi mismo y haciéndome contemplar la vida a través de una pequeña abertura protegida por gruesos barrotes con forma de pensamientos.

Por lo pronto, debía hurgar en la pesada mochila que cargaba a mis espaldas para ver si en realidad todos los enseres que acarreaba me eran útiles.

Entonces comencé a observarme, a investigarme minuciosamente, repasando mi cuerpo y mi vida palmo a palmo, hecho a hecho.

Mi primera sorpresa fue descubrir que innumerables canas blancas estaban floreciendo entre mis cabellos. Estas, silenciosas y rebeldes, habían crecido en el anonimato hasta que de pronto, al llegar a la madurez, brotaron para salpicar de nieve mi larga cabellera.

Bien comprendidas, eran el simple el augurio de un no muy lejano invierno que se aproximaba a prisa. Esto no me preocupaba demasiado, pero lo que en verdad me inquietaba era el largo tiempo durante el cual no me había mirado a mí mismo.

Si bien era cierto que cada día, al salir de casa, me detenía unos instantes frente a un pequeño espejo que colgaba junto a la puerta, pero lo curioso era que lo que veía en él era lo que quería ver, y esto casi siempre dependía de los pensamientos con que hubiese amanecido. Sin embargo, ahora era diferente. Algo se había movido en mi interior y, por suerte, la vida me estaba brindando la oportunidad de volver a enfrentarme conmigo mismo, pero esta vez sin espectadores y sin rivales. Tan solo… conmigo mismo.

Al observar mis ojos descubrí que eran el faro vigía de mi ser. Incansables y fieles fotógrafos que almacenaban en sus delgadas retinas infinitas imágenes de tiempos pasados. Pero aún así, continúan brillando, contemplando con inocente mirada el despertar de cada día. A decir verdad, la fortuna me había acompañado en bastantes ocasiones, permitiendo que las lágrimas borrasen ciertos recuerdos confusos y dolorosos. Sin embargo, ahora mis ojos se miraban a sí mismos desde lo más hondo de mi ser, pero sin perder de vista el lejano horizonte de esta existencia, con profundo amor, y descubriendo en cada momento el Alma de las personas, más allá de sus envolturas físicas.

En la antesala de mi boca, mis labios ajados aún pueden pronunciar bellas palabras. Y a pesar de que durante muchísimos años articularon mecánicamente sencillos vocablos, hoy puedo escoger las expresiones que deseo utilizar, sin temor a que los remordimientos o imaginarios castigos sellen mi libertad. Pronunciar tu nombre, Vida mía, es la clave secreta y mágica que abre la puerta del sagrado cofre donde guardo mis sentimientos.

Escondidos detrás de los labios, están mis dientes, supervivientes de cruentas batallas con el duro pan de algunas épocas, aún resisten firmes en sus trincheras. Algunos de ellos conservan extraños tatuajes grabados por odontólogos inexpertos. No obstante, y pese a los esfuerzos que han realizado, aún siguen llenos de vida. Y esto, para mí, es una buena señal.

Mis oídos. ¡Ay, mis oídos!, siempre atentos, cumpliendo sus cometidos, pasando casi desapercibidos. Pero ¿qué sería de mí sin ellos? Durante decenas de años fueron quienes me notificaban los diversos ruidos que se movían a mi alrededor. Me alertaron de peligros y de falsos amigos; me alegraron el Alma con suaves melodías y me hicieron sonreír con buenas noticias. De un tiempo a esta parte, y tal vez como presagio de la pérdida de mis anteojos, comenzaron a percibir un ligero murmullo, casi imperceptible, que se asoma de vez en cuando a sus tímpanos. Al poco tiempo descubrieron que era la voz de mi Alma invocando tu presencia, ¡oh Dios!, al caer la tarde junto a la orilla del mar.

Y mientras todo esto sucedía, yo no me daba cuenta de ello y me sumergía aún más en enardecidas actividades para intentar evadirme de mí.

Descendiendo poco a poco a lo largo de mi cuerpo, reparé en mi pecho. Este, al igual que una sólida pared, se había curtido en los incontables golpes que la vida le había propinado. Había sido un largo y duro entrenamiento durante el cual los imprevistos de la existencia humana lo habían hecho encogerse, sumergiéndolo en el dolor y en la impotencia frente a las injusticias.

Era él quien en silencio guardaba mis temores y soportaba los embates de los días y las noches. Su esfuerzo noble, a veces un poco punzante, pasaba inadvertido para quienes lo contemplaban.

Algunas veces temí que sus enrejadas paredes no resistieran los golpes de mi corazón que, preso de no sé qué extraña rebeldía, intentaba escapar de su celda golpeando rabiosamente los muros que lo mantenían prisionero.

Mis brazos, ¡ay, mis brazos!, delgados y fatigados por el esfuerzo de haber luchado durante toda mi existencia para no sucumbir en las mal olientes aguas de la mediocridad. Aún hoy son capaces de abrazar… y de soltar… y de volver a abrazar.

Sí, esos mismos brazos que izaron las blancas velas de mi barco cuando intentaba descubrir qué había tras el horizonte, aún hoy pueden acariciar con ternura este presente.

Y mis manos, ¡sí, mis manos!, las de los mil oficios, las que todo lo sabían cuando la necesidad me empujaba. Hoy, transformadas por el mágico ungüento de los sentimientos que florecen en mi interior, teclean con firmeza las palabras que mi Alma les va dictando.

Descendiendo camino de mi vientre, aparece mi sexo, que navega en secreto por los sueños de las noches, intentando penetrar en las ocultas grutas que esconde tu cuerpo. Erguido y vigilante viaja por tus profundidades queriendo explorar tus más desiertos rincones, para descubrirte y descubrirse…

Y ¡mis pies!, encallecidos y planos han dejado sus huellas en tantas calles de diferentes países. ¡Sí! Los mismos que han corrido y escapado de la miseria, que se han guarecido de los rencores y de las envidias y que, luego de cruzar el ancho mar, me han conducido hasta ti. Hoy ya no sangran por lo andado, sino que, por el contrario, miran hacia la lejanía cándidamente, intentando transitar otra vez el camino hacia el mar.

Sin contar con un domicilio fijo, mi Alma blanca e inmaculada pulula por el interior de mi cuerpo, a la espera de su feliz partida. Desahuciada por muchos en incontables circunstancias, no ha perecido en el intento de crear un ser humano en este cruel mundo.

Hoy, consciente de su realidad, mira a través de mis ojos intentando despertar a quienes la contemplan y no la perciben.

* * *

En este pequeño mapa que he descrito de mi persona existen otros lugares que no he reseñado. Algunos los he visitado; otros, en cambio, permanecen inexplorados.

En un rincón de mi Ser hay un hermoso jardín donde el tiempo no transcurre y los pájaros arrullan mis sueños desde las copas de los árboles. En el centro hay un pequeño estanque donde algunas flores marinas flotan plácidamente. Detrás de él, y en medio del parque, se alza un frondoso álamo de hojas plateadas.

Todas las tardes, bajo su sombra fresca, he visto al Amor y a la Soledad amándose en silencio.

Un torrente de aguas rojas se dispersa en mil azulados afluentes a lo largo de mi delgado cuerpo. Su caudal corre anegando todo mi ser y buscando la Eternidad en lo profundo de la Memoria de mi Alma.

Un poco más allá y cuando la desazón irrumpe en mi mente, aparece ante mis ojos, en la lejanía, un gran desierto de arenas pálidas. En su interior, mi soledad mece su pena aguardando impaciente que un milagroso ángel descienda desde el firmamento para calmar su llanto con un tibio beso. Jamás me he atrevido a internarme en sus solitarias dunas por temor a que, tras descubrir sus secretos, mi vida perdiera el misterioso sentido de su existencia.

A un lado de mi corazón se extiende un remanso de aguas tranquilas y un pequeño fondeadero. Allí, mi barca, ansiosa de besos y mares, se agita nerviosa en la vacuidad de los días y de las noches, aguardando impaciente la llegada de la muerte. Aquella sigilosa dama, de presencia inesperada y manos frías, que cortará las amarras que la sujetan, liberándola para siempre en el azul mar del cielo.

Cerca de mi mente existe una selva impenetrable donde todos los seres viven en armonía. Muchas veces, en momentos difíciles, he pensado dejarlo todo e internarme en sus profundidades, pero al llegar a sus umbrales, una misteriosa voz me detenía diciéndome:

—Juan, ¿hacia dónde vas? No te puedes escapar, la vida es aquí y ahora.

Inmediatamente me detenía, reflexionaba y regresaba despacio envuelto en una bendita humildad.

En los confines de mi consciencia y a las puertas de donde vive mi espíritu, se alzan dos montañas majestuosas llamadas justicia y libertad. Sus altos picos afilados y celestes acarician el brillante firmamento. Sus cumbres son el refugio de un águila perdida que vuela formando enormes círculos entre las nubes blancas.

Su mirada triste y penetrante guarda cierto parecido con mi persona.

En medio de esas dos cumbres se extiende un pequeño valle, en el cual yo sobrevivo envuelto en la bruma del silencio.

@Juan Vladimir

Octubre 1996

Esta mañana, en un afortunado descuido, se me cayeron las oscuras gafas que durante tanto tiempo cubrieron mis ojos… y, ¡de pronto!, me encontré contemplándome frente al espejo, milagrosamente vivo todavía.

El verme reflejado me asombró mucho, pues tenía una idea de mí completamente diferente a como me veía en realidad en este momento. Cuanto más me observaba, más me sorprendía, y sobre todo delante del cúmulo de sentimientos y sensaciones nuevas que brotaban en mí.

Durante numerosos años mis ojos contemplaron la vida guarecidos detrás de esos gruesos cristales. No recuerdo qué temores o circunstancias influyeron para que me decidiera a valerme de ellos, pero usarlos provocó que me confinara en lo más profundo de mi ser y me aislara de la vida que giraba a mi alrededor.

Esto causó que me volcara de lleno en algunas parcelas de mi existencia y dejara de lado otros aspectos de mi ser que hasta hoy y, a pesar del tiempo transcurrido, aún viven y sienten.

No fue mi culpa y tampoco existen culpables. Tal vez debí pasar por todo ello para descubrirme inmerso en este presente.

La vida, una vez más, se manifestaba a su antojo.

Yo conocía a fondo mis posibilidades frente a los retos del diario vivir y predecía, o al menos eso creía, con asombrosa exactitud cuál sería mi respuesta frente a determinados retos que la vida pudiese plantearme.

Pero en la actualidad, habiendo atravesado ya el ecuador de mis días, me encontraba en un punto en el que las cosas de siempre cambiaban rápidamente de forma y de valor.

Y hoy, al detenerme y contemplarme delante de aquel poderoso cristal, percibí sin dificultad las huellas de un tiempo pasado que aún sobrevivían en los rincones de mi Alma.

Descubrí que mis ideales, repletos de nobles intenciones, habían sido hasta ahora el motor de mi vida, pero que también me habían adormecido sin que yo me percatase. Y mientras todo ello sucedía, la soledad iba adentrándose en mi interior, alejándome de mi mismo y haciéndome contemplar la vida a través de una pequeña abertura protegida por gruesos barrotes con forma de pensamientos.

Por lo pronto, debía hurgar en la pesada mochila que cargaba a mis espaldas para ver si en realidad todos los enseres que acarreaba me eran útiles.

Entonces comencé a observarme, a investigarme minuciosamente, repasando mi cuerpo y mi vida palmo a palmo, hecho a hecho.

Mi primera sorpresa fue descubrir que innumerables canas blancas estaban floreciendo entre mis cabellos. Estas, silenciosas y rebeldes, habían crecido en el anonimato hasta que de pronto, al llegar a la madurez, brotaron para salpicar de nieve mi larga cabellera.

Bien comprendidas, eran el simple el augurio de un no muy lejano invierno que se aproximaba a prisa. Esto no me preocupaba demasiado, pero lo que en verdad me inquietaba era el largo tiempo durante el cual no me había mirado a mí mismo.

Si bien era cierto que cada día, al salir de casa, me detenía unos instantes frente a un pequeño espejo que colgaba junto a la puerta, pero lo curioso era que lo que veía en él era lo que quería ver, y esto casi siempre dependía de los pensamientos con que hubiese amanecido. Sin embargo, ahora era diferente. Algo se había movido en mi interior y, por suerte, la vida me estaba brindando la oportunidad de volver a enfrentarme conmigo mismo, pero esta vez sin espectadores y sin rivales. Tan solo… conmigo mismo.

Al observar mis ojos descubrí que eran el faro vigía de mi ser. Incansables y fieles fotógrafos que almacenaban en sus delgadas retinas infinitas imágenes de tiempos pasados. Pero aún así, continúan brillando, contemplando con inocente mirada el despertar de cada día. A decir verdad, la fortuna me había acompañado en bastantes ocasiones, permitiendo que las lágrimas borrasen ciertos recuerdos confusos y dolorosos. Sin embargo, ahora mis ojos se miraban a sí mismos desde lo más hondo de mi ser, pero sin perder de vista el lejano horizonte de esta existencia, con profundo amor, y descubriendo en cada momento el Alma de las personas, más allá de sus envolturas físicas.

En la antesala de mi boca, mis labios ajados aún pueden pronunciar bellas palabras. Y a pesar de que durante muchísimos años articularon mecánicamente sencillos vocablos, hoy puedo escoger las expresiones que deseo utilizar, sin temor a que los remordimientos o imaginarios castigos sellen mi libertad. Pronunciar tu nombre, Vida mía, es la clave secreta y mágica que abre la puerta del sagrado cofre donde guardo mis sentimientos.

Escondidos detrás de los labios, están mis dientes, supervivientes de cruentas batallas con el duro pan de algunas épocas, aún resisten firmes en sus trincheras. Algunos de ellos conservan extraños tatuajes grabados por odontólogos inexpertos. No obstante, y pese a los esfuerzos que han realizado, aún siguen llenos de vida. Y esto, para mí, es una buena señal.

Mis oídos. ¡Ay, mis oídos!, siempre atentos, cumpliendo sus cometidos, pasando casi desapercibidos. Pero ¿qué sería de mí sin ellos? Durante decenas de años fueron quienes me notificaban los diversos ruidos que se movían a mi alrededor. Me alertaron de peligros y de falsos amigos; me alegraron el Alma con suaves melodías y me hicieron sonreír con buenas noticias. De un tiempo a esta parte, y tal vez como presagio de la pérdida de mis anteojos, comenzaron a percibir un ligero murmullo, casi imperceptible, que se asoma de vez en cuando a sus tímpanos. Al poco tiempo descubrieron que era la voz de mi Alma invocando tu presencia, ¡oh Dios!, al caer la tarde junto a la orilla del mar.

Y mientras todo esto sucedía, yo no me daba cuenta de ello y me sumergía aún más en enardecidas actividades para intentar evadirme de mí.

Descendiendo poco a poco a lo largo de mi cuerpo, reparé en mi pecho. Este, al igual que una sólida pared, se había curtido en los incontables golpes que la vida le había propinado. Había sido un largo y duro entrenamiento durante el cual los imprevistos de la existencia humana lo habían hecho encogerse, sumergiéndolo en el dolor y en la impotencia frente a las injusticias.

Era él quien en silencio guardaba mis temores y soportaba los embates de los días y las noches. Su esfuerzo noble, a veces un poco punzante, pasaba inadvertido para quienes lo contemplaban.

Algunas veces temí que sus enrejadas paredes no resistieran los golpes de mi corazón que, preso de no sé qué extraña rebeldía, intentaba escapar de su celda golpeando rabiosamente los muros que lo mantenían prisionero.

Mis brazos, ¡ay, mis brazos!, delgados y fatigados por el esfuerzo de haber luchado durante toda mi existencia para no sucumbir en las mal olientes aguas de la mediocridad. Aún hoy son capaces de abrazar… y de soltar… y de volver a abrazar.

Sí, esos mismos brazos que izaron las blancas velas de mi barco cuando intentaba descubrir qué había tras el horizonte, aún hoy pueden acariciar con ternura este presente.

Y mis manos, ¡sí, mis manos!, las de los mil oficios, las que todo lo sabían cuando la necesidad me empujaba. Hoy, transformadas por el mágico ungüento de los sentimientos que florecen en mi interior, teclean con firmeza las palabras que mi Alma les va dictando.

Descendiendo camino de mi vientre, aparece mi sexo, que navega en secreto por los sueños de las noches, intentando penetrar en las ocultas grutas que esconde tu cuerpo. Erguido y vigilante viaja por tus profundidades queriendo explorar tus más desiertos rincones, para descubrirte y descubrirse…

Y ¡mis pies!, encallecidos y planos han dejado sus huellas en tantas calles de diferentes países. ¡Sí! Los mismos que han corrido y escapado de la miseria, que se han guarecido de los rencores y de las envidias y que, luego de cruzar el ancho mar, me han conducido hasta ti. Hoy ya no sangran por lo andado, sino que, por el contrario, miran hacia la lejanía cándidamente, intentando transitar otra vez el camino hacia el mar.

Sin contar con un domicilio fijo, mi Alma blanca e inmaculada pulula por el interior de mi cuerpo, a la espera de su feliz partida. Desahuciada por muchos en incontables circunstancias, no ha perecido en el intento de crear un ser humano en este cruel mundo.

Hoy, consciente de su realidad, mira a través de mis ojos intentando despertar a quienes la contemplan y no la perciben.

* * *

En este pequeño mapa que he descrito de mi persona existen otros lugares que no he reseñado. Algunos los he visitado; otros, en cambio, permanecen inexplorados.

En un rincón de mi Ser hay un hermoso jardín donde el tiempo no transcurre y los pájaros arrullan mis sueños desde las copas de los árboles. En el centro hay un pequeño estanque donde algunas flores marinas flotan plácidamente. Detrás de él, y en medio del parque, se alza un frondoso álamo de hojas plateadas.

Todas las tardes, bajo su sombra fresca, he visto al Amor y a la Soledad amándose en silencio.

Un torrente de aguas rojas se dispersa en mil azulados afluentes a lo largo de mi delgado cuerpo. Su caudal corre anegando todo mi ser y buscando la Eternidad en lo profundo de la Memoria de mi Alma.

Un poco más allá y cuando la desazón irrumpe en mi mente, aparece ante mis ojos, en la lejanía, un gran desierto de arenas pálidas. En su interior, mi soledad mece su pena aguardando impaciente que un milagroso ángel descienda desde el firmamento para calmar su llanto con un tibio beso. Jamás me he atrevido a internarme en sus solitarias dunas por temor a que, tras descubrir sus secretos, mi vida perdiera el misterioso sentido de su existencia.

A un lado de mi corazón se extiende un remanso de aguas tranquilas y un pequeño fondeadero. Allí, mi barca, ansiosa de besos y mares, se agita nerviosa en la vacuidad de los días y de las noches, aguardando impaciente la llegada de la muerte. Aquella sigilosa dama, de presencia inesperada y manos frías, que cortará las amarras que la sujetan, liberándola para siempre en el azul mar del cielo.

Cerca de mi mente existe una selva impenetrable donde todos los seres viven en armonía. Muchas veces, en momentos difíciles, he pensado dejarlo todo e internarme en sus profundidades, pero al llegar a sus umbrales, una misteriosa voz me detenía diciéndome:

—Juan, ¿hacia dónde vas? No te puedes escapar, la vida es aquí y ahora.

Inmediatamente me detenía, reflexionaba y regresaba despacio envuelto en una bendita humildad.

En los confines de mi consciencia y a las puertas de donde vive mi espíritu, se alzan dos montañas majestuosas llamadas justicia y libertad. Sus altos picos afilados y celestes acarician el brillante firmamento. Sus cumbres son el refugio de un águila perdida que vuela formando enormes círculos entre las nubes blancas.

Su mirada triste y penetrante guarda cierto parecido con mi persona.

En medio de esas dos cumbres se extiende un pequeño valle, en el cual yo sobrevivo envuelto en la bruma del silencio.

@Juan Vladimir

Octubre 1996

De regreso a Montevideo

De regreso a Montevideo

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Mi encuentro con ella (parte 2)

Mi encuentro con ella (parte 2)

 cronología  para lectura
 
Un dialogo con la muerte
 Mi encuentro con ella parte 1
 Mi encuentro con ella parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas. El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia. A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz. Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello. Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar.

Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil. A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa. De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino. En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido. Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito.

En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente. Nuestros pasos,  comenzaron a acallar sus absurdas prisas… Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándose de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos.

Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Trascendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido. Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte.

El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo. Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines. La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche. Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte

Mi encuentro con ella parte 1º

Mi encuentro con ella parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas. El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia. A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz. Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello.

Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar. Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil. A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa. De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino. En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido. Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito. En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente… Nuestros pasos, entonces, comenzaron a acallar sus absurdas prisas.

Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándome de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos. Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Transcendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido.

Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte. El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo. Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines. La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche.

Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

Mi encuentro con ella  (parte 1ª)

Mi encuentro con ella (parte 1ª)

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / mi encuentro con ella parte 1º y parte 2º

Al cabo de poco más de dos años de aquella tormenta durante la cual tuvo lugar nuestro primer encuentro, la vida quiso que nuestros caminos se volvieran a cruzar.

—¡Hola! ¿Te recuerdas de mí? 

—Sí, claro. 

—¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces? 

—¿Cómo no voy a reconocerte?  Eres la Muerte. 

—Pensé que no querrías ni mirarme.

—No entiendo por qué pensabas eso, Muerte, no tengo motivos para ello.

—Me sorprende tu actitud, Juan. Estoy tan habituada a que la mayoría de los seres humanos me teman y aborrezcan, y tanto más si algún día me presenté de forma inesperada en sus Vidas… 

—¡Me haces sonreír, Muerte! Parece que tú relación con los seres humanos está limitando tu comprensión y no te das cuenta de ello. Mira, Muerte, yo siempre he percibido tu presencia y, es más, en muchas ocasiones he alertado a mis hermanos para que no perdieran sus conciencias de la finitud inevitable de la realidad terrestre.

—Sinceramente, me extraña tu asombrosa comprensión, Juan, pero dime, ¿no formas también parte de la misma especie?

—¡Ay, Muerte! Creo que también has perdido parte de tu memoria y sano juicio. ¡Claro que formo parte de la misma especie! Eso es indudable, pero también, Muerte, hay algo de lo que soy plenamente consciente, y es de que mi existencia en este plano es una efímera ilusión, y que por necesidad de La Obra se vuelve aparentemente real. Tan real mi existencia, Muerte, como este maravilloso, frágil y perfecto cuerpo que me permite merodear por este presente y compartir esta dimensión junto a mis semejantes. Tan genuina también mi apariencia, Muerte, como la prodigiosa mente que me relaciona con esta existencia terrena, y tan asombrosamente evidente mi presencia, como el incansable corazón que late en mi pecho y que enriquece y amplía mi capacidad de sentir. Pero mi Esencia, Muerte, mi Esencia inmaculada permanece expectante, más allá de todo.

—¿Sabes, Juan? Algunas veces, cuando dialogo contigo, tengo una extraña sensación, como si te compadecieras de mí, y me recuerda nuestro primer encuentro.

—No, Muerte, yo no me compadezco de ti, no te confundas, simplemente percibo tu soledad y la incomprensión que gira en torno a ti. Y además, Muerte, aunque fuese cierto lo que tú dices y realmente me compadeciera de ti:

¿Por qué no podría hacerlo?

¿No estás ligada a esta Tierra al igual que yo?

¿Acaso no formamos parte de la misma Esencia?

Además, ¿quién soy yo para juzgarte?

—Me asombra que pienses de este modo, Juan, la mayoría de los seres humanos no piensa ni siente como tú.

—Comprendo perfectamente que no puedan hacerlo, Muerte

—¿Cuál es el secreto que te ha llevado a pensar de este modo?

—No existe tal secreto, Muerte, se trata simplemente de detenerse por un instante y observar, observar el Ciclo Eterno, que se repite constantemente; nada hay de misterioso en ello.

—Pero si es tan sencillo como tú dices, ¿por qué la gente no se detiene, aunque más no sea un momento, en su vida?

—¡Ay, Muerte! ¿Cómo eres tan ingenua?  ¿No te das cuenta de que es el temor el que no les permite detenerse?

—¿A que temor te refieres, Juan? ¿Al temor de perder lo que creen que son sus pertenencias? Si es esto lo que temen, realmente me dejas desconcertada.

—Muerte, tal vez para ti todo resulte más sencillo, porque tú nada necesitas para sentir que existes, pero no todos pueden sentir lo mismo que tú.

—El temor de “no ser” alguien o algo en esta vida es lo que lleva a los seres humanos a intentar acumular durante toda su existencia infinidad de cosas, tanto materiales como intangibles, pero cosas, Muerte, efímeras al fin por la simple condición de ser acumulables. Por lo general, Muerte, todo lo que atesoran se transforma con el tiempo en un pesado y tirano yugo que doblega cruelmente sus fatigadas espaldas y, si observas, verás que muchos de mis semejantes llevan impreso en sus rostros indelebles cicatrices de vetustas frustraciones.

—Juan, me gustaría hablar sobre tu hijo. Dime una cosa, ¿no sientes rabia porque haya venido a buscarlo tan pronto? ¿No sientes dolor? ¿No me odias como todos? ¿No piensas que he sido injusta?

—Muerte, te creía más sabia. Por momentos, cuanto más me preguntas, más me decepcionas, hasta me pareces humana. Mira, déjame decirte una cosa: yo no siento que tú me hayas quitado a “mi” hijo, el no era de mi propiedad, sino una hoja más del Gran Árbol que todos conformamos.

Es cierto que él había brotado de mí ser, eso no te lo discuto. También es verdad que había florecido en los poros de mi piel y que me llenaba de sentimientos buenos y de tibia ternura, pero también hay algo, Muerte, que debes saber y es que el aliento que lo hizo nacer y crecer y que a mí me sustenta, no es exclusivo de mi persona.

Por lo tanto, Muerte, no he sido yo su gestor ni su dueño, he sido simplemente el elemento mediante el cual la Vida se ha expresado.

Muerte, dime, ¿tú crees que puedo presumir de que algo realmente pueda ser de mi propiedad? ¿Existe alguna cosa o alguien que pueda hacerme sentir que yo soy su dueño?

¿No soy acaso, Muerte, una simple hoja de una pequeña rama del Gran Árbol, ¿y que un día cualquiera también caeré?

¿Y no será el vacío que provoque mi caída, el que permita que el Gran Árbol vuelva a florecer?

Y mi desintegración en la Tierra, ¿no será el elemento que posibilite mi regreso a la savia que alimenta al Gran Árbol?

Por lo tanto, Muerte, ¿no te parece absurdo que a causa de mi egoísmo intente detener las estaciones, calmar al viento y desviar al Sol de su camino? Y, además, Muerte, ¿quién soy yo para intentar detener este Ciclo Eterno en el cual existo?

Ahora soy yo el que desea preguntarte algo que he descubierto hurgando en el vacío de mi mente. ¿Qué crees que es el dolor para los seres humanos, Muerte? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Su dolor, Muerte, es simplemente la resistencia que ofrecen a la realidad, ¿puedes comprenderlo?

—¡Claro que puedo comprenderlo, Juan! Continuamente lo observo en sus rostros cuando vengo a recogerlos. ¿Sabes, Juan? Hubo ocasiones en las que he llegado a sentir pena por algunos de ellos al ver cómo sufrían al desprenderse de lo que creían que era suyo.

—Ya lo decía yo, Muerte. ¡Eres más humana de lo que pareces!

—Oye, ¿no te importa salir de este lugar, Juan? ¿Por qué no vamos a caminar un poco?

—¡Sí! Vamos, estaremos mejor.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

 

 

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / mi encuentro con ella parte 1º y parte 2º

Al cabo de poco más de dos años de aquella tormenta durante la cual tuvo lugar nuestro primer encuentro, la vida quiso que nuestros caminos se volvieran a cruzar.

—¡Hola! ¿Te recuerdas de mí? 

—Sí, claro. 

—¿Sabes quién soy? ¿Me reconoces? 

—¿Cómo no voy a reconocerte?  Eres la Muerte. 

—Pensé que no querrías ni mirarme.

—No entiendo por qué pensabas eso, Muerte, no tengo motivos para ello.

—Me sorprende tu actitud, Juan. Estoy tan habituada a que la mayoría de los seres humanos me teman y aborrezcan, y tanto más si algún día me presenté de forma inesperada en sus Vidas… 

—¡Me haces sonreír, Muerte! Parece que tú relación con los seres humanos está limitando tu comprensión y no te das cuenta de ello. Mira, Muerte, yo siempre he percibido tu presencia y, es más, en muchas ocasiones he alertado a mis hermanos para que no perdieran sus conciencias de la finitud inevitable de la realidad terrestre.

—Sinceramente, me extraña tu asombrosa comprensión, Juan, pero dime, ¿no formas también parte de la misma especie?

—¡Ay, Muerte! Creo que también has perdido parte de tu memoria y sano juicio. ¡Claro que formo parte de la misma especie! Eso es indudable, pero también, Muerte, hay algo de lo que soy plenamente consciente, y es de que mi existencia en este plano es una efímera ilusión, y que por necesidad de La Obra se vuelve aparentemente real. Tan real mi existencia, Muerte, como este maravilloso, frágil y perfecto cuerpo que me permite merodear por este presente y compartir esta dimensión junto a mis semejantes. Tan genuina también mi apariencia, Muerte, como la prodigiosa mente que me relaciona con esta existencia terrena, y tan asombrosamente evidente mi presencia, como el incansable corazón que late en mi pecho y que enriquece y amplía mi capacidad de sentir. Pero mi Esencia, Muerte, mi Esencia inmaculada permanece expectante, más allá de todo.

—¿Sabes, Juan? Algunas veces, cuando dialogo contigo, tengo una extraña sensación, como si te compadecieras de mí, y me recuerda nuestro primer encuentro.

—No, Muerte, yo no me compadezco de ti, no te confundas, simplemente percibo tu soledad y la incomprensión que gira en torno a ti. Y además, Muerte, aunque fuese cierto lo que tú dices y realmente me compadeciera de ti:

¿Por qué no podría hacerlo?

¿No estás ligada a esta Tierra al igual que yo?

¿Acaso no formamos parte de la misma Esencia?

Además, ¿quién soy yo para juzgarte?

—Me asombra que pienses de este modo, Juan, la mayoría de los seres humanos no piensa ni siente como tú.

—Comprendo perfectamente que no puedan hacerlo, Muerte

—¿Cuál es el secreto que te ha llevado a pensar de este modo?

—No existe tal secreto, Muerte, se trata simplemente de detenerse por un instante y observar, observar el Ciclo Eterno, que se repite constantemente; nada hay de misterioso en ello.

—Pero si es tan sencillo como tú dices, ¿por qué la gente no se detiene, aunque más no sea un momento, en su vida?

—¡Ay, Muerte! ¿Cómo eres tan ingenua?  ¿No te das cuenta de que es el temor el que no les permite detenerse?

—¿A que temor te refieres, Juan? ¿Al temor de perder lo que creen que son sus pertenencias? Si es esto lo que temen, realmente me dejas desconcertada.

—Muerte, tal vez para ti todo resulte más sencillo, porque tú nada necesitas para sentir que existes, pero no todos pueden sentir lo mismo que tú.

—El temor de “no ser” alguien o algo en esta vida es lo que lleva a los seres humanos a intentar acumular durante toda su existencia infinidad de cosas, tanto materiales como intangibles, pero cosas, Muerte, efímeras al fin por la simple condición de ser acumulables. Por lo general, Muerte, todo lo que atesoran se transforma con el tiempo en un pesado y tirano yugo que doblega cruelmente sus fatigadas espaldas y, si observas, verás que muchos de mis semejantes llevan impreso en sus rostros indelebles cicatrices de vetustas frustraciones.

—Juan, me gustaría hablar sobre tu hijo. Dime una cosa, ¿no sientes rabia porque haya venido a buscarlo tan pronto? ¿No sientes dolor? ¿No me odias como todos? ¿No piensas que he sido injusta?

—Muerte, te creía más sabia. Por momentos, cuanto más me preguntas, más me decepcionas, hasta me pareces humana. Mira, déjame decirte una cosa: yo no siento que tú me hayas quitado a “mi” hijo, el no era de mi propiedad, sino una hoja más del Gran Árbol que todos conformamos.

Es cierto que él había brotado de mí ser, eso no te lo discuto. También es verdad que había florecido en los poros de mi piel y que me llenaba de sentimientos buenos y de tibia ternura, pero también hay algo, Muerte, que debes saber y es que el aliento que lo hizo nacer y crecer y que a mí me sustenta, no es exclusivo de mi persona.

Por lo tanto, Muerte, no he sido yo su gestor ni su dueño, he sido simplemente el elemento mediante el cual la Vida se ha expresado.

Muerte, dime, ¿tú crees que puedo presumir de que algo realmente pueda ser de mi propiedad? ¿Existe alguna cosa o alguien que pueda hacerme sentir que yo soy su dueño?

¿No soy acaso, Muerte, una simple hoja de una pequeña rama del Gran Árbol, ¿y que un día cualquiera también caeré?

¿Y no será el vacío que provoque mi caída, el que permita que el Gran Árbol vuelva a florecer?

Y mi desintegración en la Tierra, ¿no será el elemento que posibilite mi regreso a la savia que alimenta al Gran Árbol?

Por lo tanto, Muerte, ¿no te parece absurdo que a causa de mi egoísmo intente detener las estaciones, calmar al viento y desviar al Sol de su camino? Y, además, Muerte, ¿quién soy yo para intentar detener este Ciclo Eterno en el cual existo?

Ahora soy yo el que desea preguntarte algo que he descubierto hurgando en el vacío de mi mente. ¿Qué crees que es el dolor para los seres humanos, Muerte? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Su dolor, Muerte, es simplemente la resistencia que ofrecen a la realidad, ¿puedes comprenderlo?

—¡Claro que puedo comprenderlo, Juan! Continuamente lo observo en sus rostros cuando vengo a recogerlos. ¿Sabes, Juan? Hubo ocasiones en las que he llegado a sentir pena por algunos de ellos al ver cómo sufrían al desprenderse de lo que creían que era suyo.

—Ya lo decía yo, Muerte. ¡Eres más humana de lo que pareces!

—Oye, ¿no te importa salir de este lugar, Juan? ¿Por qué no vamos a caminar un poco?

—¡Sí! Vamos, estaremos mejor.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

 

 

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