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Naufragio

Naufragio

Innumerables cicatrices marcaban mi dolorido cuerpo que, sujeto a un madero aún flotaba en la infinitud del azul marino. Mis ojos agarrotados por el salitre permanecían aún cerrados, como pegados para siempre a la piel de mi rostro, sin embargo, sabían que tarde o temprano debían volver a abrirse nuevamente y contemplar la inmensidad de la existencia reflejada sobre la superficie oceánica.

Mis manos, encallecidas y fatigadas no podían disimular el denodado esfuerzo que habían realizado durante tantos años para sobrevivir. Mis huesos, unidos fuertemente entre sí por desgastadas bisagras, crujían a cada nuevo esfuerzo que realizaban, expresando de esta forma su cansancio y su dolor. 

Todo mi ser, sobreviviente milagroso de aquel naufragio, reposaba lúcido tendido sobre aquel tablero marino que flotaba a la deriva, mi alma en tanto, se resguardaba de las inclemencias del dolor humano y, a pesar de no pertenecer a este mundo, había hecho de él su refugio. 

El amanecer húmedo llegaba de prisa, y la conciencia de permanecer aún con vida comenzaba a manifestarse en mis sentidos. Poco a poco, al ir despertando de mi letargo, iban apareciendo en mi mente las primeras señales de mi presente: La conciencia de mi tiempo finito y el darme cuenta del largo camino que había recorrido casi sin haberme dado cuenta de ello.

A medida que iba tomando conciencia de haber sobrevivido a aquel naufragio llamado “mi vida”, comenzó a invadirme la sensación de sentirme afortunado. Lentamente y con mucho esfuerzo debido al dolor de tener que enfrentar nuevamente la realidad comencé a mover mis párpados. ¡Ante mi asombro! al abrirlos descubrí un inmenso cielo azul que me contemplaba. Volví a cerrarlos y a abrirlos varias veces, y el cielo continuaba siendo el mismo de siempre. El firmamento azul, inmaculado en su piel, me envolvía por doquier, separando o tal vez uniendo lo divino con lo humano, lo sublime con lo tosco que habitaba en mi condición humana. De vez en cuando algunas nubes blancas guiadas por el viento caminaban a su antojo por sus calles azules y me distraían, luego desaparecían de forma rápida y sigilosa, perseguidas por invisibles corrientes de aire.                                                                                                                                

Poco a poco me incorporé y me senté sobre la gruesa madera que me sujetaba a la vida. Cegado por los rayos del sol intenté escrudiñar el horizonte y entonces descubrí que no estaba sólo como yo creía. ¡Sí! ¡No estaba solo en el inmenso mar de la existencia que me rodeaba! A mi alrededor, una multitud de seres también luchaban incansablemente por sobrevivir al igual que yo para no perecer engullidos por la inmensidad que nos mantenía prisioneros. 

Al descubrirlos en un inconsciente y compasivo gesto, comencé a agitar mis brazos para hacerles señales que captaran su atención.         Mis labios ensayaban indefensos vocablos que pretendían revelarles que aún ¡estábamos vivos! pero, a pesar de mis esfuerzos, quienes me rodeaban no se percataban de mi presencia; estaban tan ocupados consigo mismos que no podían ver más allá, porque no miraban. La cotidiana rutina del esfuerzo por sobrevivir haciendo equilibrios sobre las maderas que sujetaban sus vidas los devoraba, y su única ambición era alcanzar uno de los tantos salvavidas que flotaban a su alrededor. 

Estos – los salvavidas- sujetaban los cuerpos de muchos de aquellos náufragos, y a pesar de tener un mismo color en su superficie y un tamaño igual, se diferenciaban por los nombres que tenían impresos en sus impermeables superficies:

Felicidad / Ilusión / Ambición / Trabajo / Dinero / Familia / Triunfo / Esperanza / Seguridad / Futuro / … 

y tantos otros nombres que no logro recordar. Algunos de estos nombres estaban medio despintados, tal vez por el paso del tiempo o por el roce del agua (la vida) sobre aquella blanca tela, pero cada uno de ellos representaba el sentido de la existencia, de la lucha, en definitiva, de sus vidas y ayudaban a sobrevivir a aquellas gentes que flotaban en la inmensidad del océano de la existencia.

Sobre la piel de aquel sinuoso mar, la condición humana se aferraba a lo que podía para sobrevivir, al igual que yo.

Los salvavidas eran los recursos de aquellos huérfanos que habían naufragado. Cada uno de los sobrevivientes se aferraba a la vida como podía, todos o casi todos habían sido narcotizados con la poderosa droga que anulaba sus conciencias y les distorsionaba la percepción de la realidad: 

Habían perdido la conciencia de su finitud y vivían persiguiendo un horizonte al que llamaban seguridad y futuro, sintiéndose inmortales. De esta forma, sus vidas se transformaban en una lucha constante de sacrificio y dolor, en pos de un lejano espejismo, de un irreal concepto de felicidad. 

Mi alma, contemplaba desde la lejanía y lloraba su llanto silenciosamente al observar cómo, algunos náufragos se abandonaban a sí mismos soltando sus salvavidas, tras lo cual perecían. Otros, en cambio, aterrados y cegados por una irreal ceguera, se aferraban a una creencia y flotaban por inercia, esperando que alguien, en un futuro que trascendía los límites de la existencia, los rescatase para vivir eternamente.

Observando desde la distancia, descubrí como aquellos benditos salvavidas que ayudaban a los náufragos a sobrevivir, a su vez condenaban a muchos de ellos a una especie de inmovilismo, de pasividad consigo mismos, porque la dificultad de moverse con el salvavidas, (que representaba su búsqueda existencial) sujeto al cuello parecía mucho mayor. ¡No era fácil el desprenderse del significado de aquel elemento! 

Algunas veces, aquel inmenso mar llamado Vida se agitaba y las grandes olas engullían a numerosos náufragos. De mis ojos brotaba entonces un torrente de lágrimas como clara señal de protesta y dolor al no comprender el porqué de tanto sufrimiento. Pero también era verdad que, en esos momentos de confusión, de dolor y de claridad, ya que el sufrimiento nos vuelve clarividentes, uno se rinde al Infinito.

Levantando los ojos elevé mi silencioso agradecimiento al cielo al sentirme insignificante en manos de un sentimiento de amor eterno llamado Vida. Mis ojos fueron acostumbrándose a la claridad que proporcionaba la conciencia de saberse ignorante. Los pensamientos cesaban y las viejas creencias que me habían adormecido durante tanto tiempo desaparecían como por arte de magia. La realidad humana que contemplaban mis ojos superaba con creces cualquier fantasía que una mente podía imaginar. 

Mecida en los brazos del mar azul de la existencia, mi alma sobrevive guarecida en esta frágil envoltura humana. La necesidad de descifrar el misterio humano ha desaparecido de mí interior, en su lugar, un sentimiento de amor que me une al Gran Cielo me cobija sin preguntas. 

@Juan Vladimir

Febrero 2017 

Innumerables cicatrices marcaban mi dolorido cuerpo que, sujeto a un madero aún flotaba en la infinitud del azul marino. Mis ojos agarrotados por el salitre permanecían aún cerrados, como pegados para siempre a la piel de mi rostro, sin embargo, sabían que tarde o temprano debían volver a abrirse nuevamente y contemplar la inmensidad de la existencia reflejada sobre la superficie oceánica.

Mis manos, encallecidas y fatigadas no podían disimular el denodado esfuerzo que habían realizado durante tantos años para sobrevivir. Mis huesos, unidos fuertemente entre sí por desgastadas bisagras, crujían a cada nuevo esfuerzo que realizaban, expresando de esta forma su cansancio y su dolor. 

Todo mi ser, sobreviviente milagroso de aquel naufragio, reposaba lúcido tendido sobre aquel tablero marino que flotaba a la deriva, mi alma en tanto, se resguardaba de las inclemencias del dolor humano y, a pesar de no pertenecer a este mundo, había hecho de él su refugio. 

El amanecer húmedo llegaba de prisa, y la conciencia de permanecer aún con vida comenzaba a manifestarse en mis sentidos. Poco a poco, al ir despertando de mi letargo, iban apareciendo en mi mente las primeras señales de mi presente: La conciencia de mi tiempo finito y el darme cuenta del largo camino que había recorrido casi sin haberme dado cuenta de ello.

A medida que iba tomando conciencia de haber sobrevivido a aquel naufragio llamado “mi vida”, comenzó a invadirme la sensación de sentirme afortunado. Lentamente y con mucho esfuerzo debido al dolor de tener que enfrentar nuevamente la realidad comencé a mover mis párpados. ¡Ante mi asombro! al abrirlos descubrí un inmenso cielo azul que me contemplaba. Volví a cerrarlos y a abrirlos varias veces, y el cielo continuaba siendo el mismo de siempre. El firmamento azul, inmaculado en su piel, me envolvía por doquier, separando o tal vez uniendo lo divino con lo humano, lo sublime con lo tosco que habitaba en mi condición humana. De vez en cuando algunas nubes blancas guiadas por el viento caminaban a su antojo por sus calles azules y me distraían, luego desaparecían de forma rápida y sigilosa, perseguidas por invisibles corrientes de aire.                                                                                                                                

Poco a poco me incorporé y me senté sobre la gruesa madera que me sujetaba a la vida. Cegado por los rayos del sol intenté escrudiñar el horizonte y entonces descubrí que no estaba sólo como yo creía. ¡Sí! ¡No estaba solo en el inmenso mar de la existencia que me rodeaba! A mi alrededor, una multitud de seres también luchaban incansablemente por sobrevivir al igual que yo para no perecer engullidos por la inmensidad que nos mantenía prisioneros. 

Al descubrirlos en un inconsciente y compasivo gesto, comencé a agitar mis brazos para hacerles señales que captaran su atención.         Mis labios ensayaban indefensos vocablos que pretendían revelarles que aún ¡estábamos vivos! pero, a pesar de mis esfuerzos, quienes me rodeaban no se percataban de mi presencia; estaban tan ocupados consigo mismos que no podían ver más allá, porque no miraban. La cotidiana rutina del esfuerzo por sobrevivir haciendo equilibrios sobre las maderas que sujetaban sus vidas los devoraba, y su única ambición era alcanzar uno de los tantos salvavidas que flotaban a su alrededor. 

Estos – los salvavidas- sujetaban los cuerpos de muchos de aquellos náufragos, y a pesar de tener un mismo color en su superficie y un tamaño igual, se diferenciaban por los nombres que tenían impresos en sus impermeables superficies:

Felicidad / Ilusión / Ambición / Trabajo / Dinero / Familia / Triunfo / Esperanza / Seguridad / Futuro / … 

y tantos otros nombres que no logro recordar. Algunos de estos nombres estaban medio despintados, tal vez por el paso del tiempo o por el roce del agua (la vida) sobre aquella blanca tela, pero cada uno de ellos representaba el sentido de la existencia, de la lucha, en definitiva, de sus vidas y ayudaban a sobrevivir a aquellas gentes que flotaban en la inmensidad del océano de la existencia.

Sobre la piel de aquel sinuoso mar, la condición humana se aferraba a lo que podía para sobrevivir, al igual que yo.

Los salvavidas eran los recursos de aquellos huérfanos que habían naufragado. Cada uno de los sobrevivientes se aferraba a la vida como podía, todos o casi todos habían sido narcotizados con la poderosa droga que anulaba sus conciencias y les distorsionaba la percepción de la realidad: 

Habían perdido la conciencia de su finitud y vivían persiguiendo un horizonte al que llamaban seguridad y futuro, sintiéndose inmortales. De esta forma, sus vidas se transformaban en una lucha constante de sacrificio y dolor, en pos de un lejano espejismo, de un irreal concepto de felicidad. 

Mi alma, contemplaba desde la lejanía y lloraba su llanto silenciosamente al observar cómo, algunos náufragos se abandonaban a sí mismos soltando sus salvavidas, tras lo cual perecían. Otros, en cambio, aterrados y cegados por una irreal ceguera, se aferraban a una creencia y flotaban por inercia, esperando que alguien, en un futuro que trascendía los límites de la existencia, los rescatase para vivir eternamente.

Observando desde la distancia, descubrí como aquellos benditos salvavidas que ayudaban a los náufragos a sobrevivir, a su vez condenaban a muchos de ellos a una especie de inmovilismo, de pasividad consigo mismos, porque la dificultad de moverse con el salvavidas, (que representaba su búsqueda existencial) sujeto al cuello parecía mucho mayor. ¡No era fácil el desprenderse del significado de aquel elemento! 

Algunas veces, aquel inmenso mar llamado Vida se agitaba y las grandes olas engullían a numerosos náufragos. De mis ojos brotaba entonces un torrente de lágrimas como clara señal de protesta y dolor al no comprender el porqué de tanto sufrimiento. Pero también era verdad que, en esos momentos de confusión, de dolor y de claridad, ya que el sufrimiento nos vuelve clarividentes, uno se rinde al Infinito.

Levantando los ojos elevé mi silencioso agradecimiento al cielo al sentirme insignificante en manos de un sentimiento de amor eterno llamado Vida. Mis ojos fueron acostumbrándose a la claridad que proporcionaba la conciencia de saberse ignorante. Los pensamientos cesaban y las viejas creencias que me habían adormecido durante tanto tiempo desaparecían como por arte de magia. La realidad humana que contemplaban mis ojos superaba con creces cualquier fantasía que una mente podía imaginar. 

Mecida en los brazos del mar azul de la existencia, mi alma sobrevive guarecida en esta frágil envoltura humana. La necesidad de descifrar el misterio humano ha desaparecido de mí interior, en su lugar, un sentimiento de amor que me une al Gran Cielo me cobija sin preguntas. 

@Juan Vladimir

Febrero 2017 

El periódico

El periódico

El día había llegado arrullado por una suave y fresca brisa que provenía del sudeste. Las ramas del frondoso limonero se mecían debido al peso de sus frutos, mientras que las margaritas, enjauladas en un cantero verde, suspiraban aliviadas al ver que el sol se asomaba por el horizonte.

Los pájaros llevaban ya varias horas cantando alegremente, yendo y viniendo de sus nidos mientras recogían el alimento para el día. Algunos chillaban, otros, tímidos y pequeños, volaban casi desapercibidos.

En los fondos del jardín, casi tocando la alambrada, los eucaliptos se alzaban majestuosos. Sus troncos delataban el paso del tiempo y sus cortezas arrugadas como antiguos pergaminos se desprendían quebradizas de sus gruesos cuerpos. Sus melenas largas, verdes y de perfumadas hojas se mecían esparciendo una sensación de frescura y vitalidad.

Un poco más allá, dos rosales exhibían sus serenas bellezas y exhalaban el perfume que representaba el misterio de sus hermosuras.

Detrás de los rosales, dos pequeñas palmeras de hojas puntiagudas se abanicaban mutuamente. A sus pies, las hormigas, corrían incansables por sus senderos, trasmitiendo la sensación de que el trabajo estaba organizado de antemano. Resultaba asombroso el observarlas en sus prisas sin extraviarse del camino predefinido.

De tanto en tanto, el inconfundible ladrido de Sultán, el perro del caserío vecino, resquebrajaba aquel silencio divino. Con sus frenéticos ladridos anunciaba la presencia de cualquier visitante foráneo.

La naturaleza —silenciosa voz del Infinito— aquella mañana revoloteaba como una gigantesca noria despertando a la vida a todos los seres.

El ritual de aquel amanecer no se diferenciaba en mucho al de otros días.

Sentado bajo el alero del porche, contemplaba extasiado el devenir de las primeras luces mientras que mis manos sujetaban la taza desde la cual manaba el inconfundible aroma de las hierbas que tanto me gustaban.

El pan a esas horas de la mañana tenía un sabor diferente; era la vida misma transformada en rebanadas de corteza y miga despertando mis sentidos y mi gratitud por estar vivo.

De vez en cuando, mi mano, en un gesto solidario, arrojaba un puñado de migas a cierta distancia de mis pies. Entonces, los pájaros se acercaban como si me conociesen de siempre y sin demora reemprendían el vuelo cargando en sus picos aquellos trocitos de pan.

Todas las mañanas, Tito, el vendedor de periódicos del pueblo vecino, montado en su vieja bicicleta, recorría el vecindario repartiendo los ejemplares del día.

Algunas veces llegaba más tarde que de costumbre y era entonces cuando anunciaba a viva voz algunas noticias que él mismo inventaba, haciendo con ello que todos los vecinos riesen o se preocupasen según por lo que Tito anunciaba.

Aquella mañana, como siempre, me sumergí en la lectura de aquellas hojas tintadas de grises que hablaban de la condición humana y sus circunstancias.

Nuevamente, las guerras sin sentido aparecían en la portada, compartiendo espacio con el hambre, fotografiada sin pudor junto a las luchas raciales.

En otras columnas, las incompresibles cifras de los beneficios de las empresas que crecían y decrecían sin importar las personas, ocupaban gran parte de aquellas páginas.

Las injusticias justificadas en los discursos de los políticos, sus mentiras y promesas se disputaban las primeras planas.

Todas las emociones y contradicciones de la condición humana reproducidas en diferentes situaciones, a veces inverosímiles, afloraban cada día en aquellas hojas de papel, una y otra vez.

Algunas páginas del periódico estaban colmadas de anuncios de compra y venta de miles de artículos; en otras, se ofrecían los servicios de compañía y sexo sin ningún tapujo.

Todo se vendía, todo tenía un precio para la condición humana.

En otra página, en la cual solía detenerme para leer y reflexionar, estaban las esquelas. Algunas eran tan pequeñas que apenas podían leerse; otras tenían un símbolo diminuto en el centro, una cruz o una estrella; otras estaban recuadradas con líneas gruesas para no pasar desapercibidas.

De tanto en tanto, me acercaba a los labios aquel bendito té que me recordaba mi presencia en el presente.

Mis ojos deambulaban por los monótonos grises de las páginas, hasta que se posaron en un anuncio enmarcado en un recuadro, pero que no llevaba ningún símbolo, y ello me llamó la atención.

Debido a los rayos del sol, entrecerré los ojos y al volver a abrirlos me pareció ver ¡mi nombre allí escrito!  ¡Sin duda, lo era!

Mi respiración se agitó bruscamente, en un acto reflejo para acompasarse con los latidos de mi corazón, y entonces mi consciencia comenzó a diluirse como si cayera en un abismo sin fondo.

Mi presencia comenzó a perderse en la etérea sensación de la nada… Mis ojos humedecidos, encandilados por los rayos de la luz, luchaban sorprendidos abriéndose y cerrándose debido a la hiriente claridad solar.

Desprevenido y desoyendo mis amenazantes pensamientos, comencé a leer las esquelas que estaban al lado de aquella donde me había parecido leer mi nombre:

Falleció víctima de las circunstancias adversas Mi Ego al descubrir que no podía controlar las cosas.

Falleció víctima del tiempo Mi Temor al percatarse de su condenada ilusión.

Falleció en su momento preciso Mi Ambición al haberse percatado del sin sentido de su ciego esfuerzo.

Falleció víctima de la sorpresa El Buscador que habitaba en mí al darse cuenta de que realmente no hay nada que buscar.

Falleció víctima de la realidad El Actor aquel que representabaen su día a día un pobre papel para hallar reconocimiento.

Falleció víctima de la humildad El Juez al tomar consciencia de su ignorancia.

¡Entonces, tras leerlas, comencé a llorar! Las lágrimas surcaban mis mejillas buscando huir de la congoja que anudaba mi garganta…

Lentamente, todas las máscaras que durante tanto tiempo habían formado parte de mi aparente identidad comenzaron a caer una a una, sin dolor, sin reproches, sin pasados que las justificasen.

La comprensión irradiaba su luz tenue y acallaba mis pensamientos y mi raciocinio. La Eternidad silenciosa asomó su rostro…

Mis manos temblorosas comenzaron a plegar despacio las enormes hojas de papel. Mis ojos humedecidos se alzaron y volvieron a contemplar el limonero…Y entonces ¡sonrieron!, se detuvieron por un instante en los dos rosales…y agradecieron en silencio.

Todo permanecía como el primer día. Todos los seres que conformaban aquel pequeño jardín continuaban sus existencias como si nada extraordinario sucediese, porque probablemente sus Esencias ya conocían el secreto… o tal vez porque no fuera tan importante.

Quizá la vida fuera más sencilla, y mi Alma ahora lo sabía.

@Juan Vladimir

Julio 2016

El día había llegado arrullado por una suave y fresca brisa que provenía del sudeste. Las ramas del frondoso limonero se mecían debido al peso de sus frutos, mientras que las margaritas, enjauladas en un cantero verde, suspiraban aliviadas al ver que el sol se asomaba por el horizonte.

Los pájaros llevaban ya varias horas cantando alegremente, yendo y viniendo de sus nidos mientras recogían el alimento para el día. Algunos chillaban, otros, tímidos y pequeños, volaban casi desapercibidos.

En los fondos del jardín, casi tocando la alambrada, los eucaliptos se alzaban majestuosos. Sus troncos delataban el paso del tiempo y sus cortezas arrugadas como antiguos pergaminos se desprendían quebradizas de sus gruesos cuerpos. Sus melenas largas, verdes y de perfumadas hojas se mecían esparciendo una sensación de frescura y vitalidad.

Un poco más allá, dos rosales exhibían sus serenas bellezas y exhalaban el perfume que representaba el misterio de sus hermosuras.

Detrás de los rosales, dos pequeñas palmeras de hojas puntiagudas se abanicaban mutuamente. A sus pies, las hormigas, corrían incansables por sus senderos, trasmitiendo la sensación de que el trabajo estaba organizado de antemano. Resultaba asombroso el observarlas en sus prisas sin extraviarse del camino predefinido.

De tanto en tanto, el inconfundible ladrido de Sultán, el perro del caserío vecino, resquebrajaba aquel silencio divino. Con sus frenéticos ladridos anunciaba la presencia de cualquier visitante foráneo.

La naturaleza —silenciosa voz del Infinito— aquella mañana revoloteaba como una gigantesca noria despertando a la vida a todos los seres.

El ritual de aquel amanecer no se diferenciaba en mucho al de otros días.

Sentado bajo el alero del porche, contemplaba extasiado el devenir de las primeras luces mientras que mis manos sujetaban la taza desde la cual manaba el inconfundible aroma de las hierbas que tanto me gustaban.

El pan a esas horas de la mañana tenía un sabor diferente; era la vida misma transformada en rebanadas de corteza y miga despertando mis sentidos y mi gratitud por estar vivo.

De vez en cuando, mi mano, en un gesto solidario, arrojaba un puñado de migas a cierta distancia de mis pies. Entonces, los pájaros se acercaban como si me conociesen de siempre y sin demora reemprendían el vuelo cargando en sus picos aquellos trocitos de pan.

Todas las mañanas, Tito, el vendedor de periódicos del pueblo vecino, montado en su vieja bicicleta, recorría el vecindario repartiendo los ejemplares del día.

Algunas veces llegaba más tarde que de costumbre y era entonces cuando anunciaba a viva voz algunas noticias que él mismo inventaba, haciendo con ello que todos los vecinos riesen o se preocupasen según por lo que Tito anunciaba.

Aquella mañana, como siempre, me sumergí en la lectura de aquellas hojas tintadas de grises que hablaban de la condición humana y sus circunstancias.

Nuevamente, las guerras sin sentido aparecían en la portada, compartiendo espacio con el hambre, fotografiada sin pudor junto a las luchas raciales.

En otras columnas, las incompresibles cifras de los beneficios de las empresas que crecían y decrecían sin importar las personas, ocupaban gran parte de aquellas páginas.

Las injusticias justificadas en los discursos de los políticos, sus mentiras y promesas se disputaban las primeras planas.

Todas las emociones y contradicciones de la condición humana reproducidas en diferentes situaciones, a veces inverosímiles, afloraban cada día en aquellas hojas de papel, una y otra vez.

Algunas páginas del periódico estaban colmadas de anuncios de compra y venta de miles de artículos; en otras, se ofrecían los servicios de compañía y sexo sin ningún tapujo.

Todo se vendía, todo tenía un precio para la condición humana.

En otra página, en la cual solía detenerme para leer y reflexionar, estaban las esquelas. Algunas eran tan pequeñas que apenas podían leerse; otras tenían un símbolo diminuto en el centro, una cruz o una estrella; otras estaban recuadradas con líneas gruesas para no pasar desapercibidas.

De tanto en tanto, me acercaba a los labios aquel bendito té que me recordaba mi presencia en el presente.

Mis ojos deambulaban por los monótonos grises de las páginas, hasta que se posaron en un anuncio enmarcado en un recuadro, pero que no llevaba ningún símbolo, y ello me llamó la atención.

Debido a los rayos del sol, entrecerré los ojos y al volver a abrirlos me pareció ver ¡mi nombre allí escrito!  ¡Sin duda, lo era!

Mi respiración se agitó bruscamente, en un acto reflejo para acompasarse con los latidos de mi corazón, y entonces mi consciencia comenzó a diluirse como si cayera en un abismo sin fondo.

Mi presencia comenzó a perderse en la etérea sensación de la nada… Mis ojos humedecidos, encandilados por los rayos de la luz, luchaban sorprendidos abriéndose y cerrándose debido a la hiriente claridad solar.

Desprevenido y desoyendo mis amenazantes pensamientos, comencé a leer las esquelas que estaban al lado de aquella donde me había parecido leer mi nombre:

Falleció víctima de las circunstancias adversas Mi Ego al descubrir que no podía controlar las cosas.

Falleció víctima del tiempo Mi Temor al percatarse de su condenada ilusión.

Falleció en su momento preciso Mi Ambición al haberse percatado del sin sentido de su ciego esfuerzo.

Falleció víctima de la sorpresa El Buscador que habitaba en mí al darse cuenta de que realmente no hay nada que buscar.

Falleció víctima de la realidad El Actor aquel que representabaen su día a día un pobre papel para hallar reconocimiento.

Falleció víctima de la humildad El Juez al tomar consciencia de su ignorancia.

¡Entonces, tras leerlas, comencé a llorar! Las lágrimas surcaban mis mejillas buscando huir de la congoja que anudaba mi garganta…

Lentamente, todas las máscaras que durante tanto tiempo habían formado parte de mi aparente identidad comenzaron a caer una a una, sin dolor, sin reproches, sin pasados que las justificasen.

La comprensión irradiaba su luz tenue y acallaba mis pensamientos y mi raciocinio. La Eternidad silenciosa asomó su rostro…

Mis manos temblorosas comenzaron a plegar despacio las enormes hojas de papel. Mis ojos humedecidos se alzaron y volvieron a contemplar el limonero…Y entonces ¡sonrieron!, se detuvieron por un instante en los dos rosales…y agradecieron en silencio.

Todo permanecía como el primer día. Todos los seres que conformaban aquel pequeño jardín continuaban sus existencias como si nada extraordinario sucediese, porque probablemente sus Esencias ya conocían el secreto… o tal vez porque no fuera tan importante.

Quizá la vida fuera más sencilla, y mi Alma ahora lo sabía.

@Juan Vladimir

Julio 2016

Felicidad

Felicidad

El amanecer se desperezaba en el horizonte. Yo observaba el sol en la lejanía, que entre bostezos y dudas intentaba elevarse por encima de las nubes grises que lo cercaban.

Una suave y fresca brisa mañanera me acariciaba el rostro mientras que en el cielo podía divisarse con nitidez a una pareja de albatros que, ajenos a lo que sucedía debajo de ellos, volaban en paz camino del horizonte.

La superficie del agua, apenas ondulada, se asemejaba a una delgada sábana que cubría el misterio que residía en lo profundo del mar.

De vez cuando, en la acuosa superficie podían apreciarse pequeñas colonias de algas, cuyos cuerpos brillaban con intensidad al recibir los primeros rayos de sol. Permanecían inmóviles, flotando plácidamente, ajenas al día que estaba naciendo.

No muy lejos de allí, algunos atunes saltaban alegremente dejando ver sus resplandecientes cuerpos.

El viejo barco llamado Eternidad navegaba impasible por su ruta, establecida desde tiempos inmemoriales.

Una larga estela blanca delataba su incansable andar sobre la grisácea mar, mientras los albatros, muy lejos ya, continuaban indiferentes en alegre vuelo por el inmaculado espacio.

La cubierta de aquel gran barco en el cual navegaba estaba húmeda; el sol aún no se había percatado de ello y mis pies descalzos dejaban persistentes y resbaladizas huellas sobre la dura cubierta de madera.

Mi memoria era frágil; no recordaba en absoluto en qué momento había subido a bordo de esa nave. Me hallaba inmerso en un viaje fantástico, increíble por momentos, del cual no sabía ni su origen ni su destino, era el viaje de Mi vida.

La identidad del capitán que estaba al mando de esa ilusoria nave también era un misterio. Algunos compañeros de travesía me decían que el capitán llevaba el cabello largo y un crucifijo colgado de su cuello; otros, en cambio me comentaban que no, que llevaba el cabello rapado y lucía en su pecho un collar de cuentas de madera. Había muchas versiones sobre su identidad. Todos, en algún momento de la travesía, nos sentimos intrigados y queríamos saber, pero en realidad nadie tenía ninguna certeza al respecto.

Ninguno de los pasajeros conocíamos el origen, el propósito y el destino del viaje. En muy pocas ocasiones lográbamos recordar que algún día deberíamos desembarcar.

El temor y la necesidad de perpetuarnos en una ilusoria seguridad que muchos sentíamos provocaban que las mentes tejieran todo tipo de leyendas, algunas casi fantásticas y complicadas de creer.

¡Qué difícil resultaba para muchos de los pasajeros el vivir cada día sin preocuparse por el mañana!

Dime Dios: ¿Por qué sonríes? ¿No sientes pena? ¿No te entristeces por ellos al observarlos? ¿Qué sientes, Dios? 

Con los brazos apoyados en la barandilla blanca, aligeraba un poco el peso de mi cuerpo sobre las piernas. Maravillado por lo que contemplaba, mis ojos resplandecían ante cada nuevo descubrimiento, ante los regalos que la vida me brindaba con cada nuevo amanecer.

Mi corazón, arropado por mi Alma, henchía los pulmones ante tanta belleza, la cual no se limitaba a lo que reflejaban mis retinas, sino a lo que estas transmitían a mi interior.

Ante ello, mi Alma se elevaba más allá de lo visible y acompañaba durante un rato el vuelo celeste de los albatros.

De tanto en tanto, algunos peces voladores saltaban y caían sobre la cubierta, provocando con ello mi asombro y algún que otro sobresalto.

Algunas olas impertinentes exhibían su poder descargando su blanca osadía sobre el casco envejecido del barco, y era entonces cuando sentía en el rostro una bendición sagrada plasmada en la humedad de mis mejillas, salpicadas por gotas de espuma blanca.

En esos momentos, todos nos abrazábamos en perfecta armonía: 

El sol y el cielo… el agua y los peces… el barco y la eternidad… el Todo y mi pequeñez…

Mis ojos, como hipnotizados, vagaban por el horizonte y se posaban sobre las olas. Asentados sobre el azul verdoso de sus crestas, acompañaban los movimientos de estas como si se tratase de un juego infantil.

Un día, inmerso en ese inocente pasatiempo, me pareció distinguir una frase escrita sobre la base de una ola, que, si mal no recuerdo, decía algo así:

“La pena y la tristeza no te pertenecen… Son efímeras… pero ello solo lo descubrirás cuando tus ojos miren donde deben mirar…”

Atónito ante lo que acababa de leer, en un brusco acto reflejo me pregunté:

¿Hacia dónde debo mirar?  ¿Hacia dónde debo mirar?

La respuesta llegó telepáticamente a mi mente

Juan, solo mira en tu realidad, en tu fragilidad

De pronto tomé consciencia de lo que me estaba sucediendo e intenté buscar nuevamente la gran ola que momentos antes había visto, la portadora del mensaje, pero esta había desaparecido por debajo de la proa.

El viaje continuó y las noches y los días se intercalaban plácidamente. A pesar de que todo parecía que se repetía sin variaciones, en realidad, cada momento era diferente, cada día era incomparable al ya vivido.

Las noches para mí eran especiales, cada una de ellas me desvelaba sensaciones y sentimientos que muchas veces las palabras no podían definir.

Mi mirada se perdía en el firmamento y en mi fuero interno sonreía pensando que también la bóveda celeste era semejante a la cubierta del gran barco donde me encontraba. En ella, las estrellas, al igual que yo —solitario transeúnte del Gran Mar— discurrían a su antojo por la inmensa superficie oscurecida de la noche.

A la madrugada, cuando la mayoría de los pasajeros se habían retirado a descansar, cogía una hamaca de raída lona que había escondido detrás de un mamparo, cerca de la popa, y me tendía en ella para contemplar la increíble cúpula salpicada de estrellas que me cobijaba.

El barco se mecía y me recordaba a una gran madre acunando a sus hijos. La brisa había desaparecido, tal vez fatigada, y el olor de la noche penetraba en mis pulmones, anestesiando mis pensamientos, haciéndome perder la consistencia de mi condición humana.

¡Y entonces el Infinito cobraba vida!, y en la gran pantalla del cielo comenzaba a proyectarse la Vida en sí misma, libre, desnuda, sin tapujos, como ella es en realidad

Recordé que en uno de los bolsillos de mi chaqueta guardaba un papel donde un amigo mío, aficionado a la astronomía, me había dibujado un escueto mapa del cielo.

A la luz de una pequeña linterna, intenté descifrar el dibujo y traté de divisar en el firmamento algunas de las estrellas que mi amigo me había señalado.

El barco, mientras tanto, continuaba su singladura, al igual que las estrellas… Y yo… yo sin saber nada… acerca de nada… permanecía absorto en la eternidad de la noche, inmerso en un bendito silencio que premiaba la consciencia de mi ignorancia.

Me sentía un ser privilegiado, espectador sigiloso del Infinito en brazos de la existencia.

Lentamente fui descubriendo algunas de las estrellas dibujadas en aquel trozo de papel: la Osa Menor, la Osa Mayor, las Tres Marías, las constelaciones de Orión, Sirio y algunas más cuyos nombre no recuerdo.

Sin embargo, había una estrella que brillaba por sobre las demás; su luz era intensa y pura y destacaba en aquel cielo oscuro. De pronto, hechizado por su brillo y preso de la emoción, exclamé: ¡Sí! Sin duda es ella, es Felicidad, la estrella que todo el mundo desea encontrar y que yo, sin querer, he descubierto!

Felicidad brillaba increíblemente y con su resplandeciente luz dejaba a la vista a otras estrellas, diminutas, que giraban a su alrededor.

Ella era la estrella más deseada, por la cual muchas personas habían vendido sus almas… Era la estrella que, según decía el mito, prometía la plenitud frente al vacío de la existencia.

Por un momento sonreí angustiado al tomar consciencia de mi descubrimiento y la congoja se hizo presente en mi corazón al darme cuenta de que la mayoría de las personas pensaban que Felicidad les brindaría todo lo que anhelaban. Lo más irónico era que ese todo que anhelaban era diferente para cada ser. Pero aún había más: ese todo cambiaba con el paso del tiempo, al igual que su valor.

Absorto en los descubrimientos de mi consciencia, observé que Felicidad titilaba nerviosa, como queriendo advertirme de algo.

Continué mirándola fijamente, pues dudaba de si era a mí a quien se dirigía o si se trataba solo de una ilusión óptica causada por el andar de las nubes a su alrededor. ¡Pero no, no era así! Felicidad abría y cerraba sus ojos intentando comunicarse conmigo.

¡Juan, Juan, tú me confundes, ¡Yo no me llamo Felicidad! 

Sus palabras resonaron misteriosamente en mi cabeza.

¿Pero… entonces, quién eres?, balbuceé. ¿Todo el mundo te venera y te persigue, quién eres?

Mi nombre verdadero es PAZ. Las personas me confunden con mi hermana pequeña, llamada Felicidad, y piensan que ella les dará lo que solo yo poseo, y esto no es más que un espejismo.

Una sensación de profunda extrañeza se apoderó de mí ante tal confesión.

El dolor por mis hermanos obsesionados con la infantil búsqueda de Felicidad, a lo largo de sus existencias, me entristecía y mi corazón lloraba en silencio.

Luego de la congoja que me oprimió el pecho durante unos momentos, la comprensión que nada tiene que ver con las palabras se apoderó mansamente de mi ser.

Empujado por el aliento infinito que inundaba la noche, comprendí y comencé a repetir, como por arte de magia, las palabras que Dios (la vida) me brindaba como respuesta a mis preguntas:

Compasión, Juan… Compasión…

El barco continuaba su rumbo navegando apaciblemente, la luna recorría ya el camino de regreso a su morada y algunas estrellas rezagadas intentaban ganar el horizonte.

Paz brillaba radiante, hermosa, iluminando todo a su alrededor. De tanto en tanto, entornaba sus ojos complacida ante el paso de las nubes.

Mi cuerpo encogido se mecía al son de las olas, mientras que mi Alma se elevaba para unirse al vuelo de los albatros.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

El amanecer se desperezaba en el horizonte. Yo observaba el sol en la lejanía, que entre bostezos y dudas intentaba elevarse por encima de las nubes grises que lo cercaban.

Una suave y fresca brisa mañanera me acariciaba el rostro mientras que en el cielo podía divisarse con nitidez a una pareja de albatros que, ajenos a lo que sucedía debajo de ellos, volaban en paz camino del horizonte.

La superficie del agua, apenas ondulada, se asemejaba a una delgada sábana que cubría el misterio que residía en lo profundo del mar.

De vez cuando, en la acuosa superficie podían apreciarse pequeñas colonias de algas, cuyos cuerpos brillaban con intensidad al recibir los primeros rayos de sol. Permanecían inmóviles, flotando plácidamente, ajenas al día que estaba naciendo.

No muy lejos de allí, algunos atunes saltaban alegremente dejando ver sus resplandecientes cuerpos.

El viejo barco llamado Eternidad navegaba impasible por su ruta, establecida desde tiempos inmemoriales.

Una larga estela blanca delataba su incansable andar sobre la grisácea mar, mientras los albatros, muy lejos ya, continuaban indiferentes en alegre vuelo por el inmaculado espacio.

La cubierta de aquel gran barco en el cual navegaba estaba húmeda; el sol aún no se había percatado de ello y mis pies descalzos dejaban persistentes y resbaladizas huellas sobre la dura cubierta de madera.

Mi memoria era frágil; no recordaba en absoluto en qué momento había subido a bordo de esa nave. Me hallaba inmerso en un viaje fantástico, increíble por momentos, del cual no sabía ni su origen ni su destino, era el viaje de Mi vida.

La identidad del capitán que estaba al mando de esa ilusoria nave también era un misterio. Algunos compañeros de travesía me decían que el capitán llevaba el cabello largo y un crucifijo colgado de su cuello; otros, en cambio me comentaban que no, que llevaba el cabello rapado y lucía en su pecho un collar de cuentas de madera. Había muchas versiones sobre su identidad. Todos, en algún momento de la travesía, nos sentimos intrigados y queríamos saber, pero en realidad nadie tenía ninguna certeza al respecto.

Ninguno de los pasajeros conocíamos el origen, el propósito y el destino del viaje. En muy pocas ocasiones lográbamos recordar que algún día deberíamos desembarcar.

El temor y la necesidad de perpetuarnos en una ilusoria seguridad que muchos sentíamos provocaban que las mentes tejieran todo tipo de leyendas, algunas casi fantásticas y complicadas de creer.

¡Qué difícil resultaba para muchos de los pasajeros el vivir cada día sin preocuparse por el mañana!

Dime Dios: ¿Por qué sonríes? ¿No sientes pena? ¿No te entristeces por ellos al observarlos? ¿Qué sientes, Dios? 

Con los brazos apoyados en la barandilla blanca, aligeraba un poco el peso de mi cuerpo sobre las piernas. Maravillado por lo que contemplaba, mis ojos resplandecían ante cada nuevo descubrimiento, ante los regalos que la vida me brindaba con cada nuevo amanecer.

Mi corazón, arropado por mi Alma, henchía los pulmones ante tanta belleza, la cual no se limitaba a lo que reflejaban mis retinas, sino a lo que estas transmitían a mi interior.

Ante ello, mi Alma se elevaba más allá de lo visible y acompañaba durante un rato el vuelo celeste de los albatros.

De tanto en tanto, algunos peces voladores saltaban y caían sobre la cubierta, provocando con ello mi asombro y algún que otro sobresalto.

Algunas olas impertinentes exhibían su poder descargando su blanca osadía sobre el casco envejecido del barco, y era entonces cuando sentía en el rostro una bendición sagrada plasmada en la humedad de mis mejillas, salpicadas por gotas de espuma blanca.

En esos momentos, todos nos abrazábamos en perfecta armonía: 

El sol y el cielo… el agua y los peces… el barco y la eternidad… el Todo y mi pequeñez…

Mis ojos, como hipnotizados, vagaban por el horizonte y se posaban sobre las olas. Asentados sobre el azul verdoso de sus crestas, acompañaban los movimientos de estas como si se tratase de un juego infantil.

Un día, inmerso en ese inocente pasatiempo, me pareció distinguir una frase escrita sobre la base de una ola, que, si mal no recuerdo, decía algo así:

“La pena y la tristeza no te pertenecen… Son efímeras… pero ello solo lo descubrirás cuando tus ojos miren donde deben mirar…”

Atónito ante lo que acababa de leer, en un brusco acto reflejo me pregunté:

¿Hacia dónde debo mirar?  ¿Hacia dónde debo mirar?

La respuesta llegó telepáticamente a mi mente

Juan, solo mira en tu realidad, en tu fragilidad

De pronto tomé consciencia de lo que me estaba sucediendo e intenté buscar nuevamente la gran ola que momentos antes había visto, la portadora del mensaje, pero esta había desaparecido por debajo de la proa.

El viaje continuó y las noches y los días se intercalaban plácidamente. A pesar de que todo parecía que se repetía sin variaciones, en realidad, cada momento era diferente, cada día era incomparable al ya vivido.

Las noches para mí eran especiales, cada una de ellas me desvelaba sensaciones y sentimientos que muchas veces las palabras no podían definir.

Mi mirada se perdía en el firmamento y en mi fuero interno sonreía pensando que también la bóveda celeste era semejante a la cubierta del gran barco donde me encontraba. En ella, las estrellas, al igual que yo —solitario transeúnte del Gran Mar— discurrían a su antojo por la inmensa superficie oscurecida de la noche.

A la madrugada, cuando la mayoría de los pasajeros se habían retirado a descansar, cogía una hamaca de raída lona que había escondido detrás de un mamparo, cerca de la popa, y me tendía en ella para contemplar la increíble cúpula salpicada de estrellas que me cobijaba.

El barco se mecía y me recordaba a una gran madre acunando a sus hijos. La brisa había desaparecido, tal vez fatigada, y el olor de la noche penetraba en mis pulmones, anestesiando mis pensamientos, haciéndome perder la consistencia de mi condición humana.

¡Y entonces el Infinito cobraba vida!, y en la gran pantalla del cielo comenzaba a proyectarse la Vida en sí misma, libre, desnuda, sin tapujos, como ella es en realidad

Recordé que en uno de los bolsillos de mi chaqueta guardaba un papel donde un amigo mío, aficionado a la astronomía, me había dibujado un escueto mapa del cielo.

A la luz de una pequeña linterna, intenté descifrar el dibujo y traté de divisar en el firmamento algunas de las estrellas que mi amigo me había señalado.

El barco, mientras tanto, continuaba su singladura, al igual que las estrellas… Y yo… yo sin saber nada… acerca de nada… permanecía absorto en la eternidad de la noche, inmerso en un bendito silencio que premiaba la consciencia de mi ignorancia.

Me sentía un ser privilegiado, espectador sigiloso del Infinito en brazos de la existencia.

Lentamente fui descubriendo algunas de las estrellas dibujadas en aquel trozo de papel: la Osa Menor, la Osa Mayor, las Tres Marías, las constelaciones de Orión, Sirio y algunas más cuyos nombre no recuerdo.

Sin embargo, había una estrella que brillaba por sobre las demás; su luz era intensa y pura y destacaba en aquel cielo oscuro. De pronto, hechizado por su brillo y preso de la emoción, exclamé: ¡Sí! Sin duda es ella, es Felicidad, la estrella que todo el mundo desea encontrar y que yo, sin querer, he descubierto!

Felicidad brillaba increíblemente y con su resplandeciente luz dejaba a la vista a otras estrellas, diminutas, que giraban a su alrededor.

Ella era la estrella más deseada, por la cual muchas personas habían vendido sus almas… Era la estrella que, según decía el mito, prometía la plenitud frente al vacío de la existencia.

Por un momento sonreí angustiado al tomar consciencia de mi descubrimiento y la congoja se hizo presente en mi corazón al darme cuenta de que la mayoría de las personas pensaban que Felicidad les brindaría todo lo que anhelaban. Lo más irónico era que ese todo que anhelaban era diferente para cada ser. Pero aún había más: ese todo cambiaba con el paso del tiempo, al igual que su valor.

Absorto en los descubrimientos de mi consciencia, observé que Felicidad titilaba nerviosa, como queriendo advertirme de algo.

Continué mirándola fijamente, pues dudaba de si era a mí a quien se dirigía o si se trataba solo de una ilusión óptica causada por el andar de las nubes a su alrededor. ¡Pero no, no era así! Felicidad abría y cerraba sus ojos intentando comunicarse conmigo.

¡Juan, Juan, tú me confundes, ¡Yo no me llamo Felicidad! 

Sus palabras resonaron misteriosamente en mi cabeza.

¿Pero… entonces, quién eres?, balbuceé. ¿Todo el mundo te venera y te persigue, quién eres?

Mi nombre verdadero es PAZ. Las personas me confunden con mi hermana pequeña, llamada Felicidad, y piensan que ella les dará lo que solo yo poseo, y esto no es más que un espejismo.

Una sensación de profunda extrañeza se apoderó de mí ante tal confesión.

El dolor por mis hermanos obsesionados con la infantil búsqueda de Felicidad, a lo largo de sus existencias, me entristecía y mi corazón lloraba en silencio.

Luego de la congoja que me oprimió el pecho durante unos momentos, la comprensión que nada tiene que ver con las palabras se apoderó mansamente de mi ser.

Empujado por el aliento infinito que inundaba la noche, comprendí y comencé a repetir, como por arte de magia, las palabras que Dios (la vida) me brindaba como respuesta a mis preguntas:

Compasión, Juan… Compasión…

El barco continuaba su rumbo navegando apaciblemente, la luna recorría ya el camino de regreso a su morada y algunas estrellas rezagadas intentaban ganar el horizonte.

Paz brillaba radiante, hermosa, iluminando todo a su alrededor. De tanto en tanto, entornaba sus ojos complacida ante el paso de las nubes.

Mi cuerpo encogido se mecía al son de las olas, mientras que mi Alma se elevaba para unirse al vuelo de los albatros.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

La sábana

La sábana

La superficie que ocupaba el jardín de aquella casa blanca no era muy extensa, tal vez un centenar de metros en su lado más profundo.

Una larga hilera de eucaliptos delimitaba aquel pequeño paraíso verde. Junto a ellos, esparcidos sin orden alguno, un limonero y dos floridos rosales compartían sus espacios.

Un poco más allá, junto a la cerca, había un enorme cantero colmado de alegres margaritas que, mecidas por una suave brisa, se abrazaban unas a otras con regocijo.

Mientras descansaba recostado en el tronco de un frondoso eucalipto, paseaba mi mirada por las margaritas y los verdes, y deleitaba mis oídos con el concierto de gorjeos y trinos que innumerables pajarillos ofrecían gratuitamente a la vida.

Al frente, en el otro extremo del jardín, entre dos ramas de eucalipto, un alambre delgado y tenso sujetaba con firmeza algunas piezas de ropa que en manos de la brisa flameaban al igual que una solemne bandera. Algunas de ellas esparcían pequeñas gotas de agua e iban cambiando de tonalidad a medida que el sol las iba secando.

De cuando en cuando alguna nube, traviesa como un chiquillo, se detenía delante del sol y provocaba que todos los colores de aquel pequeño edén se atenuasen y su resplandor fuese otro.

Yo dejaba que mis ojos deambularan mientras mi corazón palpitaba en paz.

De tanto en tanto, algún suspiro me despertaba de ese dulce letargo que la tarde me regalaba. Entonces, me incorporaba un poco y volvía a confiar en el noble soporte de aquel bendito árbol.

Todo giraba en perfecta armonía:

La paz y el cielo… El verde y la vida… Las aves y lo eterno…

Mi silencio y el misterio… La existencia y la nada… La vida y la muerte…

El permanente secreto…

Cegado por el sol, entrecerré los ojos para protegerlos de la luminosidad que, sin piedad, me encandilaba. De vez en cuando me detenía en el movimiento de la ropa sobre el alambre y me deleitaba viendo cómo una mano invisible sacudía alegremente aquellos trozos de tela.

En el centro del alambre, y perturbando la armoniosa rutina de las coloridas ropas colgadas, una esplendorosa sábana blanca se adueñaba de gran parte del alambre.

Casi sin percatarme, mis ojos se posaron sobre el cuerpo de aquella sábana. Poco a poco mi mirada perdió consistencia y se adentró en aquel blanco mar de algodón. Mi respiración comenzó a enlentecerse, al tiempo que en mi mente resonaban tenuemente estas palabras:

Mírame, Juan, ¿sabes quién soy? ¿Me reconoces…? 

Soy yo, tu conciencia…

 Desconfiado, escrudiñé aquella superficie blanca. Por un momento, y al igual que en un teatro cuyas cortinas se abrían para dejar a la vista el escenario, comencé a descubrir todo lo que en ella había escrito y dibujado durante mi existencia.

Percibí con claridad los colores brillantes que abrazaban mis ilusiones cuando era un joven adolescente. Descubrí aquel color rojo intenso que sonrojaba mi rostro al despertar mis instintos. Contemplé el color gris que delataba mis culpas cuando, preso del temor, actuaba sin obedecer a mi corazón. Volví a visualizar las manchas que aparecían cuando mis lágrimas asomaban. Torné a recordar tantas y tantas cosas…

De pronto, el sopor se hizo más intenso y caí en una especie de insondable letargo donde no pude saber si dormía profundamente o si había despertado luego de un largo ensueño.

Volví a recobrar mi visión, pues tomé consciencia de que había estado enfocando mis ojos en los pensamientos que mi mente proyectaba, prisionera del temor y la angustia del engaño del futuro.

Entonces, tal vez por volver a mirar como por primera vez, descubrí que la sábana blanca de mi consciencia, que tantas veces había ignorado, estaba allí, impoluta, traslúcida, perfecta en su simpleza frente a mí.

Me di cuenta de que todo lo que en ella había depositado a lo largo del tiempo, en cierto momento de la existencia se diluía y desaparecía, y que la importancia que le había atribuido a todo ello en sus respectivos momentos no era ni más ni menos que mis temores y mi necesidad de reafirmación.

Las lágrimas surcaron mis mejillas al advertir que aquello que llamaba consciencia era yo mismo, mi esencia sin nombre, sin carnet de identidad, sin futuro, sin pasado, sin culpas ni temores.

Descubrí que todos éramos iguales, semejantes, nacidos del Amor, hechos de amor y que muchas veces, ausentes de nosotros mismos, asustados como niños abandonados, deambulábamos por la existencia de forma inconsciente sin darnos cuenta de que estábamos vivos.

Comprendí que la consciencia siempre resplandece en nosotros más allá de todo lo que consignemos en ella, y que todo lo vertido no es más que el resultado de nuestro proceso de autodescubrimiento.

Más allá de todo, ella —la consciencia— es la ventana por la cual podemos descubrirnos existiendo en la Eternidad del presente, donde no hay principio ni final.

Una inoportuna racha de viento sacudió las ramas del árbol en el cual estaba apoyado, y al mismo tiempo que esto sucedía, un pequeño pájaro manchó mis ropas.

Volví a abrir los ojos lentamente, y mi Alma sonreía en silencio dando gracias al Infinito.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

La superficie que ocupaba el jardín de aquella casa blanca no era muy extensa, tal vez un centenar de metros en su lado más profundo.

Una larga hilera de eucaliptos delimitaba aquel pequeño paraíso verde. Junto a ellos, esparcidos sin orden alguno, un limonero y dos floridos rosales compartían sus espacios.

Un poco más allá, junto a la cerca, había un enorme cantero colmado de alegres margaritas que, mecidas por una suave brisa, se abrazaban unas a otras con regocijo.

Mientras descansaba recostado en el tronco de un frondoso eucalipto, paseaba mi mirada por las margaritas y los verdes, y deleitaba mis oídos con el concierto de gorjeos y trinos que innumerables pajarillos ofrecían gratuitamente a la vida.

Al frente, en el otro extremo del jardín, entre dos ramas de eucalipto, un alambre delgado y tenso sujetaba con firmeza algunas piezas de ropa que en manos de la brisa flameaban al igual que una solemne bandera. Algunas de ellas esparcían pequeñas gotas de agua e iban cambiando de tonalidad a medida que el sol las iba secando.

De cuando en cuando alguna nube, traviesa como un chiquillo, se detenía delante del sol y provocaba que todos los colores de aquel pequeño edén se atenuasen y su resplandor fuese otro.

Yo dejaba que mis ojos deambularan mientras mi corazón palpitaba en paz.

De tanto en tanto, algún suspiro me despertaba de ese dulce letargo que la tarde me regalaba. Entonces, me incorporaba un poco y volvía a confiar en el noble soporte de aquel bendito árbol.

Todo giraba en perfecta armonía:

La paz y el cielo… El verde y la vida… Las aves y lo eterno…

Mi silencio y el misterio… La existencia y la nada… La vida y la muerte…

El permanente secreto…

Cegado por el sol, entrecerré los ojos para protegerlos de la luminosidad que, sin piedad, me encandilaba. De vez en cuando me detenía en el movimiento de la ropa sobre el alambre y me deleitaba viendo cómo una mano invisible sacudía alegremente aquellos trozos de tela.

En el centro del alambre, y perturbando la armoniosa rutina de las coloridas ropas colgadas, una esplendorosa sábana blanca se adueñaba de gran parte del alambre.

Casi sin percatarme, mis ojos se posaron sobre el cuerpo de aquella sábana. Poco a poco mi mirada perdió consistencia y se adentró en aquel blanco mar de algodón. Mi respiración comenzó a enlentecerse, al tiempo que en mi mente resonaban tenuemente estas palabras:

Mírame, Juan, ¿sabes quién soy? ¿Me reconoces…? 

Soy yo, tu conciencia…

 Desconfiado, escrudiñé aquella superficie blanca. Por un momento, y al igual que en un teatro cuyas cortinas se abrían para dejar a la vista el escenario, comencé a descubrir todo lo que en ella había escrito y dibujado durante mi existencia.

Percibí con claridad los colores brillantes que abrazaban mis ilusiones cuando era un joven adolescente. Descubrí aquel color rojo intenso que sonrojaba mi rostro al despertar mis instintos. Contemplé el color gris que delataba mis culpas cuando, preso del temor, actuaba sin obedecer a mi corazón. Volví a visualizar las manchas que aparecían cuando mis lágrimas asomaban. Torné a recordar tantas y tantas cosas…

De pronto, el sopor se hizo más intenso y caí en una especie de insondable letargo donde no pude saber si dormía profundamente o si había despertado luego de un largo ensueño.

Volví a recobrar mi visión, pues tomé consciencia de que había estado enfocando mis ojos en los pensamientos que mi mente proyectaba, prisionera del temor y la angustia del engaño del futuro.

Entonces, tal vez por volver a mirar como por primera vez, descubrí que la sábana blanca de mi consciencia, que tantas veces había ignorado, estaba allí, impoluta, traslúcida, perfecta en su simpleza frente a mí.

Me di cuenta de que todo lo que en ella había depositado a lo largo del tiempo, en cierto momento de la existencia se diluía y desaparecía, y que la importancia que le había atribuido a todo ello en sus respectivos momentos no era ni más ni menos que mis temores y mi necesidad de reafirmación.

Las lágrimas surcaron mis mejillas al advertir que aquello que llamaba consciencia era yo mismo, mi esencia sin nombre, sin carnet de identidad, sin futuro, sin pasado, sin culpas ni temores.

Descubrí que todos éramos iguales, semejantes, nacidos del Amor, hechos de amor y que muchas veces, ausentes de nosotros mismos, asustados como niños abandonados, deambulábamos por la existencia de forma inconsciente sin darnos cuenta de que estábamos vivos.

Comprendí que la consciencia siempre resplandece en nosotros más allá de todo lo que consignemos en ella, y que todo lo vertido no es más que el resultado de nuestro proceso de autodescubrimiento.

Más allá de todo, ella —la consciencia— es la ventana por la cual podemos descubrirnos existiendo en la Eternidad del presente, donde no hay principio ni final.

Una inoportuna racha de viento sacudió las ramas del árbol en el cual estaba apoyado, y al mismo tiempo que esto sucedía, un pequeño pájaro manchó mis ropas.

Volví a abrir los ojos lentamente, y mi Alma sonreía en silencio dando gracias al Infinito.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

El armario

El armario

El viejo armario de rostro descolorido reposaba inerme sobre la pared blanca de aquella habitación. Sus viejas puertas conservaban aún el increíble poder de iluminar y oscurecer el interior de aquel añoso mueble. A cada nuevo esfuerzo que realizaban tanto para abrirse o cerrarse sus bisagras, agarrotadas y oxidadas emitían metálicos quejidos que recordaban su fosca vejez. Un espejo de moteado semblante que estaba sujeto a una de las puertas, me observaba silenciosamente cada vez que lo enfrentaba. En una de sus esquinas, una etiqueta de bordes azulados apenas perceptibles, encuadraba dos palabras que delataban todo lo que allí se guardaba: “Mi Vida” mientras tanto mi cuerpo, hundido en el lomo del pesado sofá, contemplaba en silencio al Silencio.

En el interior de aquel mueble reposaban las ropas que durante toda mi vida había hecho servir. Junto a ellas dormitaban también descoloridos sueños, antiguas ilusiones y fatigados temores de épocas pasadas. En un rincón del armario, mis silencios impertérritos, descansaban solemnemente. Ellos habían acallado mis quejas cuando las circunstancias me obligaban a cambiar mis ropajes y yo me rebelaba contra ello.

Observando detenidamente entre las paredes de aquel armario, descubrí una pequeña percha de la que colgaba un guardapolvo blanco. Era el que había usado durante mis primeros años de escuela. Sus mangas estaban amarillentas y tenían algún que otro agujero. En una de ellas, una mancha de tinta azul había sobrevivido pese al tiempo transcurrido. Los bolsillos aún podían reconocerse, pese a estar medio descocidos. En la percha, y sujeta con una pinza de madera de las que se usan para tender la ropa, una etiqueta de cartón decía lo siguiente: Fue un tiempo feliz.

 Mi primer pantalón largo fue de color gris y junto a un jersey de color granate, una camisa blanca y una simple corbata formaban un todo amoroso que vistió mi personaje en aquella obra llamada El buen estudiante. El tiempo había escapado de prisa y pese a ello, no había podido destruir la entrañable relación que guardaba mi persona con aquel uniforme que usé para asistir al instituto y que significaba el paso de mi niñez a la adolescencia. Mi corazón al observarlo se ruborizaba tímidamente. Al evocar aquel tiempo renacen en mí la ilusión y el esfuerzo que se generaban al intentar aprender aquel guion premiado con buenas calificaciones y que representaba en sí mismo el mensaje de gratitud hacia mi abuela y hacia mi madre, que luchaban con ahínco para criarnos a mis hermanos y a mí. No podía permitirme el decepcionarlas, ellas lo daban todo por nosotros y lo mínimo que podía hacer para agradecer su sacrificio era que se sintieran orgullosas de mis estudios.

Mi juventud fue protagonista de un difícil papel que tuve que interpretar en una obra llamada Incierto destino, pero recordada por algunos críticos con el nombre de Adolescencia destruida. Un delgado alambre en forma de percha dormita suspendido sobre la barra sujeta entre las dos paredes de aquel mueble. En el descansan dos viejas camisas, una azul y la otra blanca. Estas, combinadas con la americana celeste que tan orgulloso lucía cuando trabajaba en la oficina, conformaban una especie de armadura dentro de la cual me sentía importante, seguro de mí mismo, donde mi alma frágil e inocente se parapetaba del dolor y de la incertidumbre de cada día. El argumento central de la obra que interpretaba en aquel entonces hablaba sobre el sobrevivir, sí, sobre el sobrevivir a la miseria, al dolor, a la angustia por la salud de mi madre; a la impotencia frente a la mesa vacía; a la desesperación tras vender todos los muebles de mi casa para poder alimentarnos; al peso de la responsabilidad por mis hermanos. Sobrevivir al gran dolor de no entender por qué ese Dios al que todos los días invocaba y suplicaba no me respondía. Sobrevivir a la impotencia de mi adolescencia envejecida prematuramente. A menudo, y debido a las circunstancias del guion, debía improvisar mi papel en cada función. Para ello recurría a alguna señal del destino, o a la palabra de alguien, o de algún mensaje oculto entre las nubes, o a un gesto amigable de “mi mala suerte” que suavizara mi padecer y mi angustia y que me permitiese salir airoso de cada día, de cada función.  Algunos de los espectadores que me observaban vivían con desbordada intensidad el argumento (inimaginable por momentos), escrito por un destino oculto que sonreía detrás de las cortinas del escenario. Numerosas fueron las veces en que la emoción los embargaba y les hacía derramar alguna que otra lágrima.

 La obra que representé posteriormente no contenía un guion propio, conciso y concreto. Se reescribía día a día nutriéndose de diferentes personajes que aparecían y desaparecían de mi alrededor, sembrando el argumento de cada función. Fue un trabajo muy intenso. No importaban tanto las vestiduras que lucía en cada acto, sino más bien mi actitud frente al público. Mi mirada, mis palabras, mis silencios, mis lágrimas, mis sonrisas. Tal vez fue uno de los papeles más hermosos de mi carrera de actor. Los vocablos libertad, gratitud, destino susurraban hermosos poemas que mi corazón atesoraba calladamente luego de cada representación. A pesar de un pobre y criticado comienzo, la obra acabó convirtiéndose en un sonado y comentado éxito. Algunos la titulaban El inconsciente, refiriéndose al personaje cuando este a muy temprana edad lo dejó todo y emigró. Otros bautizaron la obra con el nombre de Audacia. Algunos se maravillaban y clamaban loas referentes a la suerte y a la valentía. Los hubo que se sorprendían y esperaban ansiosas noticias del éxito o del fracaso de aquella representación, de cada nuevo capítulo.

Adormilados sobre una percha de raquíticos brazos de madera, mis tejanos rotos y arrugados se sostienen milagrosamente recordándome que fueron ellos los que cubrieron mi cuerpo durante la gira que realicé por diferentes países representando una nueva obra. El personaje que encarnaba en aquel guion hablaba sobre la confianza mutua que existía entre la vida y su alma y la ausencia de temor alguno en recorrer los diferentes caminos que se presentaban en su día a día en busca del sustento para ayudar a los suyos.

Posteriormente durante algunos años actué en una comedia donde mi papel representaba a un bohemio que navegaba en las alas del viento. Un personaje de cuyos ojos emanaba una luz que acallaba toda duda sobre el incierto mañana que acechaba a los espectadores con sus rutinas. Me sentía plenamente identificado con el papel que me habían asignado y fueron años de maravillosas actuaciones. Sonrío al recordar esas dos palabras grabadas en el mamparo de mi barco y que tanta fuerza me proporcionaban: “Vida mía, gracias por todo lo que me has dado”.

La siguiente obra en la que intervine requirió que mis vestimentas cambiaran completamente debido a que el papel que debía representar era el de un padre de familia, buen esposo y educador. Mi pantalón azul marino y mis camisas blancas de cuello mao me acompañaron durante casi veinte años en los que duró aquella interpretación. A causa del largo tiempo el guion se fusionó de tal forma en mí persona que me olvidé de mí mismo, de mi identidad, de que solamente estaba representando un papel y me creí ser aquel personaje. El nombre de la obra que representaba era muy simple, se llamaba El Juan. Tal vez lo más doloroso de aquella etapa fue despertar y tener que bajar de ese escenario que durante tanto tiempo ocupó mi vida. Recuerdo con especial nostalgia la pérdida de uno de mis compañeros de reparto, a quien tanto quería, quiero y echo de menos. Me refiero a Joan.

Tiempo después, el teatro donde debía de actuar cambió por completo su escenario para interpretar mi siguiente papel. Mi tejano negro y mi camisa blanca, colgados ahora en este bendito armario de mi existencia, me recuerdan lo que sentí al viajar hacia tierras lejanas y exóticas y al relacionarme con seres humanos que intentaban compartir su existencia comerciando conmigo. Recuerdo claramente sus miradas, sus gestos, sus sonrisas, sus picardías, descubrí gracias a todo ello que los sentimientos que alberga la condición humana en las diferentes culturas son tremendamente semejantes: temores y esperanzas, ilusiones y decepciones, amores y soledades conviven en el interior de las personas y en algún momento de la vida se reconcilian fundiéndose en un frágil abrazo donde nadie es vencedor. Mi corazón volvió a recordarme que habitaba en mí al descubrir la sonrisa infantil, inocente y pura, de Jianmei. El personaje que interpreté en aquel entonces podría recordarse como el de la famosa película que tenía por título En pos de mi destino.

Hoy, luego de lo vivido y de lo actuado, más allá de lo llorado y de lo reído, contemplo con nostalgia el escenario de mi vida representado ahora por mi viejo armario. Allí mis antiguas pertenencias, olvidadas por momentos, pero cuidadosamente guardadas en mi interior, han vuelto a cobrar vida en las manos de su verdadero dueño, porque en un revelador gesto de cordura y clarividencia, me he dado cuenta de que nunca me han pertenecido. Por ello las he retornado a su verdadero dueño, a la Vida misma. Pienso que tal vez, que el haberme sumergido en los diferentes papeles que he representado en mi existencia haya podido influir en mi confusión de creerme su dueño.

Actualmente, desnudo de ilusiones y proyectos, contemplo envuelto en una nube de silencio el milagro de cada día, el misterio infinito que nos envuelve. La consciencia de mi ignorancia frente al Todo se derrama por los poros de mi piel y en los huecos de mi Alma mi voz retumba incansablemente mi nuevo descubrimiento:

“No sé quién soy”.

@Juan Vladimir

31 de enero 2016

El viejo armario de rostro descolorido reposaba inerme sobre la pared blanca de aquella habitación. Sus viejas puertas conservaban aún el increíble poder de iluminar y oscurecer el interior de aquel añoso mueble. A cada nuevo esfuerzo que realizaban tanto para abrirse o cerrarse sus bisagras, agarrotadas y oxidadas emitían metálicos quejidos que recordaban su fosca vejez. Un espejo de moteado semblante que estaba sujeto a una de las puertas, me observaba silenciosamente cada vez que lo enfrentaba. En una de sus esquinas, una etiqueta de bordes azulados apenas perceptibles, encuadraba dos palabras que delataban todo lo que allí se guardaba: “Mi Vida” mientras tanto mi cuerpo, hundido en el lomo del pesado sofá, contemplaba en silencio al Silencio.

En el interior de aquel mueble reposaban las ropas que durante toda mi vida había hecho servir. Junto a ellas dormitaban también descoloridos sueños, antiguas ilusiones y fatigados temores de épocas pasadas. En un rincón del armario, mis silencios impertérritos, descansaban solemnemente. Ellos habían acallado mis quejas cuando las circunstancias me obligaban a cambiar mis ropajes y yo me rebelaba contra ello.

Observando detenidamente entre las paredes de aquel armario, descubrí una pequeña percha de la que colgaba un guardapolvo blanco. Era el que había usado durante mis primeros años de escuela. Sus mangas estaban amarillentas y tenían algún que otro agujero. En una de ellas, una mancha de tinta azul había sobrevivido pese al tiempo transcurrido. Los bolsillos aún podían reconocerse, pese a estar medio descocidos. En la percha, y sujeta con una pinza de madera de las que se usan para tender la ropa, una etiqueta de cartón decía lo siguiente: Fue un tiempo feliz.

 Mi primer pantalón largo fue de color gris y junto a un jersey de color granate, una camisa blanca y una simple corbata formaban un todo amoroso que vistió mi personaje en aquella obra llamada El buen estudiante. El tiempo había escapado de prisa y pese a ello, no había podido destruir la entrañable relación que guardaba mi persona con aquel uniforme que usé para asistir al instituto y que significaba el paso de mi niñez a la adolescencia. Mi corazón al observarlo se ruborizaba tímidamente. Al evocar aquel tiempo renacen en mí la ilusión y el esfuerzo que se generaban al intentar aprender aquel guion premiado con buenas calificaciones y que representaba en sí mismo el mensaje de gratitud hacia mi abuela y hacia mi madre, que luchaban con ahínco para criarnos a mis hermanos y a mí. No podía permitirme el decepcionarlas, ellas lo daban todo por nosotros y lo mínimo que podía hacer para agradecer su sacrificio era que se sintieran orgullosas de mis estudios.

Mi juventud fue protagonista de un difícil papel que tuve que interpretar en una obra llamada Incierto destino, pero recordada por algunos críticos con el nombre de Adolescencia destruida. Un delgado alambre en forma de percha dormita suspendido sobre la barra sujeta entre las dos paredes de aquel mueble. En el descansan dos viejas camisas, una azul y la otra blanca. Estas, combinadas con la americana celeste que tan orgulloso lucía cuando trabajaba en la oficina, conformaban una especie de armadura dentro de la cual me sentía importante, seguro de mí mismo, donde mi alma frágil e inocente se parapetaba del dolor y de la incertidumbre de cada día. El argumento central de la obra que interpretaba en aquel entonces hablaba sobre el sobrevivir, sí, sobre el sobrevivir a la miseria, al dolor, a la angustia por la salud de mi madre; a la impotencia frente a la mesa vacía; a la desesperación tras vender todos los muebles de mi casa para poder alimentarnos; al peso de la responsabilidad por mis hermanos. Sobrevivir al gran dolor de no entender por qué ese Dios al que todos los días invocaba y suplicaba no me respondía. Sobrevivir a la impotencia de mi adolescencia envejecida prematuramente. A menudo, y debido a las circunstancias del guion, debía improvisar mi papel en cada función. Para ello recurría a alguna señal del destino, o a la palabra de alguien, o de algún mensaje oculto entre las nubes, o a un gesto amigable de “mi mala suerte” que suavizara mi padecer y mi angustia y que me permitiese salir airoso de cada día, de cada función.  Algunos de los espectadores que me observaban vivían con desbordada intensidad el argumento (inimaginable por momentos), escrito por un destino oculto que sonreía detrás de las cortinas del escenario. Numerosas fueron las veces en que la emoción los embargaba y les hacía derramar alguna que otra lágrima.

 La obra que representé posteriormente no contenía un guion propio, conciso y concreto. Se reescribía día a día nutriéndose de diferentes personajes que aparecían y desaparecían de mi alrededor, sembrando el argumento de cada función. Fue un trabajo muy intenso. No importaban tanto las vestiduras que lucía en cada acto, sino más bien mi actitud frente al público. Mi mirada, mis palabras, mis silencios, mis lágrimas, mis sonrisas. Tal vez fue uno de los papeles más hermosos de mi carrera de actor. Los vocablos libertad, gratitud, destino susurraban hermosos poemas que mi corazón atesoraba calladamente luego de cada representación. A pesar de un pobre y criticado comienzo, la obra acabó convirtiéndose en un sonado y comentado éxito. Algunos la titulaban El inconsciente, refiriéndose al personaje cuando este a muy temprana edad lo dejó todo y emigró. Otros bautizaron la obra con el nombre de Audacia. Algunos se maravillaban y clamaban loas referentes a la suerte y a la valentía. Los hubo que se sorprendían y esperaban ansiosas noticias del éxito o del fracaso de aquella representación, de cada nuevo capítulo.

Adormilados sobre una percha de raquíticos brazos de madera, mis tejanos rotos y arrugados se sostienen milagrosamente recordándome que fueron ellos los que cubrieron mi cuerpo durante la gira que realicé por diferentes países representando una nueva obra. El personaje que encarnaba en aquel guion hablaba sobre la confianza mutua que existía entre la vida y su alma y la ausencia de temor alguno en recorrer los diferentes caminos que se presentaban en su día a día en busca del sustento para ayudar a los suyos.

Posteriormente durante algunos años actué en una comedia donde mi papel representaba a un bohemio que navegaba en las alas del viento. Un personaje de cuyos ojos emanaba una luz que acallaba toda duda sobre el incierto mañana que acechaba a los espectadores con sus rutinas. Me sentía plenamente identificado con el papel que me habían asignado y fueron años de maravillosas actuaciones. Sonrío al recordar esas dos palabras grabadas en el mamparo de mi barco y que tanta fuerza me proporcionaban: “Vida mía, gracias por todo lo que me has dado”.

La siguiente obra en la que intervine requirió que mis vestimentas cambiaran completamente debido a que el papel que debía representar era el de un padre de familia, buen esposo y educador. Mi pantalón azul marino y mis camisas blancas de cuello mao me acompañaron durante casi veinte años en los que duró aquella interpretación. A causa del largo tiempo el guion se fusionó de tal forma en mí persona que me olvidé de mí mismo, de mi identidad, de que solamente estaba representando un papel y me creí ser aquel personaje. El nombre de la obra que representaba era muy simple, se llamaba El Juan. Tal vez lo más doloroso de aquella etapa fue despertar y tener que bajar de ese escenario que durante tanto tiempo ocupó mi vida. Recuerdo con especial nostalgia la pérdida de uno de mis compañeros de reparto, a quien tanto quería, quiero y echo de menos. Me refiero a Joan.

Tiempo después, el teatro donde debía de actuar cambió por completo su escenario para interpretar mi siguiente papel. Mi tejano negro y mi camisa blanca, colgados ahora en este bendito armario de mi existencia, me recuerdan lo que sentí al viajar hacia tierras lejanas y exóticas y al relacionarme con seres humanos que intentaban compartir su existencia comerciando conmigo. Recuerdo claramente sus miradas, sus gestos, sus sonrisas, sus picardías, descubrí gracias a todo ello que los sentimientos que alberga la condición humana en las diferentes culturas son tremendamente semejantes: temores y esperanzas, ilusiones y decepciones, amores y soledades conviven en el interior de las personas y en algún momento de la vida se reconcilian fundiéndose en un frágil abrazo donde nadie es vencedor. Mi corazón volvió a recordarme que habitaba en mí al descubrir la sonrisa infantil, inocente y pura, de Jianmei. El personaje que interpreté en aquel entonces podría recordarse como el de la famosa película que tenía por título En pos de mi destino.

Hoy, luego de lo vivido y de lo actuado, más allá de lo llorado y de lo reído, contemplo con nostalgia el escenario de mi vida representado ahora por mi viejo armario. Allí mis antiguas pertenencias, olvidadas por momentos, pero cuidadosamente guardadas en mi interior, han vuelto a cobrar vida en las manos de su verdadero dueño, porque en un revelador gesto de cordura y clarividencia, me he dado cuenta de que nunca me han pertenecido. Por ello las he retornado a su verdadero dueño, a la Vida misma. Pienso que tal vez, que el haberme sumergido en los diferentes papeles que he representado en mi existencia haya podido influir en mi confusión de creerme su dueño.

Actualmente, desnudo de ilusiones y proyectos, contemplo envuelto en una nube de silencio el milagro de cada día, el misterio infinito que nos envuelve. La consciencia de mi ignorancia frente al Todo se derrama por los poros de mi piel y en los huecos de mi Alma mi voz retumba incansablemente mi nuevo descubrimiento:

“No sé quién soy”.

@Juan Vladimir

31 de enero 2016

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